LA FUENTE DEL LICOR (RELATO BREVE)
Apenas balbuceaba unas palabras dilatadas a lo largo de la larga noche. La asistencia de doña Eufrasia aletargaba las sempiternas mañanas entre atenciones y cuidados rutinarios bajo estricta prescripción médica. El Difunto, como así se le conocía en el Hospital y fuera de él, cumplía veinte años en sus instancias. El doctor Adolph venía a celebrarlo con un nuevo fármaco. Estaba realmente conmocionado por la entereza de su paciente. Una nueva crisis a tiempo evitaba el fatal desenlace a superar.
Doña Eufrasia atendía con devoción al señor Cristian y en su vigilancia comprobaba el correcto funcionamiento de las soporosas máquinas. Así las constantes, así los suministros, así los relevantes gruñidos y sugerentes sacudidas. El señor Cristian no veía más que en su interior desde dónde se percataba de las sombras del mundo más que de su luminosidad. El reloj parecía haberse parado en una cruz. Su innombrable existencia a los años sucesos le prohibía experimentar el misterio de la salubridad. Cierto que existir implicaba participar de las atenciones humanas más que de la humanidad. Su amor por sus vívidos recuerdos le mantenía en su vilo. Experimentar día tras día y hora tras hora que se asentaba sobre una renunciación a permanecer más que a la insatisfacción de compartir otros hechos más fútiles en la humana contienda, suponía una expresión antagónica a sus años desvalidos. Cuarenta años de reclusión clínica asentaban bases a la consideración imaginaria de sus vivencias personales. Una vida intrínseca en su supervivencia hospitalaria.
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Ni siquiera acertaba a comprender si defecaba o no. Ni siquiera percibía si orinaba o si bebía o comía. Ni siquiera comía, ni siquiera engullía. Eso sí, la soporosa maquinaria controlaba las constantes. Él ni siquiera soportaba el peso de su cuerpo. La inanición se sustituía por otras atenciones médicas. Al acecho, estas vigilancias se revisaban tal como obligaciones perentorias. Aquí ni el sueño se le mostraba. Día y noche su pensamiento no percibía más que una lucidez aterradora de conceptos vinculantes a sus experiencias primigenias. Su contacto con el mundo exterior se ausentaba así no más que sobre sus propiocepciones. Era aterrador sucumbir ante estos sueños asistidos por sus composiciones hormonales contra las imágenes invocadas en su automatización orgánica. No había palabras, no había miradas. No había falsificaciones ni exposiciones supletorias. Era así pues que la vida como una adversidad irrecuperable sobre su fluencia irrevocable, se auxiliaba. Era aquí la fe religiosa que asistía a la ciencia en su deontología. Este padecimiento inadmisible expedido en la iniquidad satánica en cuanto a su detección, que afecta la existencia humana por su cosmovisión y su autoconcepción, expresa el dolor hiriente que subyace en la vida más allá de sus extensivas muertes. A los límites de un sufrimiento insuperable, la supervivencia se torna aquí infranqueable.
Aspirar a la felicidad en sus plausibles ostentaciones es licitud a cualquier forma o estado del individuo humano. Considerar que más allá de la revelación de Cristo a estos efectos mitogónicos universales de encuentros humanitarios en la participación de la divinidad sobre la historia humana, inclusive en la revelación humana de su propia maldad satánica, como expresión de un anticristo interior que mina el espíritu contra su voluntad en la intolerancia crística y toda su semiología, se halla pues el confinado paraíso libre de intrusiones macabras. Así, a su recíproca desesperanza, doña Eufrasia no convenía sus ideales de fe con los cuidados que se les habían encomendado a su señor Cristian el Difunto. Su algo más que paciente no recibía amor ni de Dios. No así que sus miramientos por alcanzar la supremacía vital acompañaban la dejadez adquirida a su astronauta. Es este sueño en el que dormitar más allá de dormitar, sin más otra que la representación en la que reflejar su insalubre inquina, la que se ofertaba connatural a la manutención psicofísica de los cuerpos desalmados, por una impropia ocupación a otras dimensiones, fueran así las que fueran hacia la ocupación de su universo cósmico, las que se disipaban en las discrepancias contraídas, así que el Estado, por siempre supletorio, estuviera por adquirir una actualidad permanente a su improrrogable deficiencia. Cristian el Difunto mercaba con sus estados de conciencia una amalgama de medicamentos que se retrotraían a la utilidad persistente del mantenimiento de su continuidad hospitalaria. Esta era su conveniencia destinada como objeto continente así a una parusía innegociable e indescifrable. Era aquí cómo Cristian el Difunto permanecía así aún vivo de entre los muertos ante los cielos. ¡Aleluya!
Doña Eufrasia era muy atenta en cuanto a los bienestares del señor Cristian se empeñase, a su cuidado. Mantenerlo estable en su estado comatoso permanente aun cuando ni respondiera a estímulos sensoriales o mentales de descanso o alimentación, le atareaba el propio y mismo sentido de su gratificante filiación. Le amaba en su complacencia y su insistente permanencia. Aun cuando ignorase los designios de su alabado Dios por el propio amor que promulgara a toda creatura en su identitaria mismidad, Cristian se deificaba en la ardorosa e insufrible proliferación de atenciones que día tras día se sumaba a una existencia irresoluble. A la igualitaria predilección de los niños jugando en el parque y los ancianos alimentando a sus palomos con puntualidad severa, Cristian se rememoraba así su única atribución a la contribución de sus sentidos en la concurrencia impermeable de una memoria propia sesgada, sin más concepciones, que las atribuladas durante los treinta años que hubo de permanecer en la cápsula aeroespacial tan solo como consigo mismo antes de su reincorporación al hábitat natural terráqueo en sus funciones humanoides. La pronta llamada a su heroicidad instruía los ambientes recreados como artificios geomáticos interminables. Conquistar la tierra en su pluralidad global convenía una adaptación de los biorritmos a todos sus límites inhabitables. ¡Aleluya!
Doña Eufrasia le hablaba, hablaba, y hasta le canturreaba. No así el doctor Adolph insistía en la importancia de mantenerle en contacto al tanto de la ingesta de sus medicamentos complementarios de apoyo. El doctor Adolph conocía que su paciente Cristian era una eminencia a estudio. Era que se le trataba así como miembro corpóreo a la asistencia de la navegación aeroespacial. El doctor Adolph descubría ahora, así y aquí que su señor paciente Cristian se controvertía como un auténtico argonauta por su procedencia acomodaticia a las exigencias de la antesala de entrenamiento biomecánico. El señor Cristian se esgrimía pues desde sus primeros años tempranos de vida contra la extinción del poblamiento terrenal o en la ayuda de la supervivencia planetaria. Así, astronauta en tierra, como habitante conquistador del espacio incipiente, el señor Cristian, se inmolaba en su incorporación a la intrepidez sobre el difícil marasmo a dilucidar entre los embates del soñoliente espacio sideral. La prolongada estancia hacia la readaptación biológica al sistema, en cuanto a su regresión a los registros reconocibles e irreconocibles de las funciones a compartimentar por la interactuación climática a su defensa y crecimiento, se deconstruía por metamorfosis adaptativa en todas sus variaciones aplicables asequibles. El redescubrimiento de estas dimensiones constantes y variables a la conspicua adaptación sideral, que a la conquista de nuevos medios y modos de integración cósmica se abdujeran en la sola presencia de integración a la hostilidad de la misma asistencia, a las avanzadillas espectrales humanoides en su capacitación aeronaval, se radicara aquí pues como la opción a la salud integral de la especie humana contra toda regulación poblacional o sus extinciones impostergables, el hombre per se.
Entregado a las magnitudes de las soporosas máquinas por descubrir sus avernas estancias a rebasar sobre una exterminación coadyuvante de la expansión humana, en su equilibrio existencial planetario y cósmico, el señor Cristian se tornaba en paciente ejemplaridad sobre sus intimísimas aportaciones, tal que convocara así sus fuerzas al servicio de la evolución y la subsistencia de su especie. El señor Cristian se posicionaba así como el solitario apocalíptico, único en su designación. Así pues, la brevedad e insignificancia de la percepción de la existencia, le propiciaba la expiación de la sustanciosa suma de impropiedades a sus constelaciones genealógicas por escarmiento subsistente. Su vida era una culminación imprecatoria que se procesaba así al desencuentro con la defunción por infarto de su asistenta doña Eufrasia. El sopor de las maquinarias y su animadversión conllevaba la fatal consumación. Así doña Eufrasia era sustituida por Emilio Fuentes, español nativo, muy involucrado en estos pronósticos que afectaban a pacientes de la talla del señor Cristian. Cumplimentando el rigoroso luto por la defunción de su valiosísima asistenta doña Eufrasia, no percataba más que las ausencias de sus pulcras delicadezas. Cumplimentados así los sepelios, Cristian se entregaba, ni por su condolencia, a las experimentaciones del doctor Emilio Fuentes.
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La máquina era perfecta para ser. Sus alimentaciones biológicas transmutaban la energía procesada a su digitación alfanumérica en sinapsis en similitud a la máquina recreada. Lo único así excluyente era que la transitoriedad robótica se enmarcaba en un sufrimiento más aterrador pues que heroico a la biología y la psique humana. No así la vivencia de la supervivencia colectiva cuantificaba la imposibilidad de una extinción global. La exposición a la adversidad exterminadora, propalaba de Cristian como un Ranger explorador del universo una repulsión indoblegable a su conflictiva perpetuidad. No se hacía la idea previsible de un final para la humanidad sin un resultado posterior continente de la misma aversión. Así la expansión continuaba a sus perentorios inicios desde el servicio de estos servidores filantrópicos humanitarios. Cristian capitaneaba desde el ejercicio de su involuntariedad la capacitación de la especie a una integración cosmogónica más allá de las aversiones víricas u otras invasiones denigratorias. Cristian el Difunto se mantenía firme en sus obligaciones personales. Atender a la misma muerte, como invicta por su adentramiento al espacio inhóspito en la regularidad de una estancia propiciatoria de una subsistencia autónoma, enmarcaba la existencia en un contrato social apto a un liderazgo en la actuación, ofensiva y defensiva, del grupo humano global y sus limitaciones. La maquinaria era perfecta para eludir la defunción.
Cristian el Difunto percibía las atenciones que los nuevos medicamentos ocasionaban en su consciencia. Cristian era único y especial en sus demandas. La tarda concepción de los afectos provocados por doña Eufrasia replicaban las rudas intervenciones del doctor en enfermería Emilio Fuentes. Éste lograba así beneficios tecnológicos que replicaban sobre la manutención de su usufructuario en composición a la ingestión bioquímica por exterocepción. Cristian se postraba ante estas desavenencias por la convicción de aportar su personalidad total a una causa memorable e impertérrita para la humanidad. No así Cristian el Difunto concebía en su reconocimiento que participar en estas lides le reportaba un galardón tan animoso como el de anticristo, en tanto que su mesianismo contrariaba más que con una liberación, con una conquista del mundo para el mundo. No así su proeza atinaba sobre el silencio irresistible que convocaba sobre toda universalidad su expiación y su recompensa. No así lo cierto era que sobrevivía enmarañado en sus ocupaciones inconmensurables. Nadie, ni siquiera el doctor Adolph, esgrimía un ápice de verosimilitud a estos aspectos metafóricos, los cuales avanzaban por requisitos de naturaleza expresamente científica. No así, la ciencia, que se afanaba en sus deontologías, se procuraba dirigir por pensamientos constructivos, los cuales atendían a posicionamientos humanos lucrativos. Cristian el Difunto, que conocía bien estos aleccionamientos, manejaba desde la exclusión de su yacija, toda información que repercutiera sobre el estado de su estadio. Salvarse de ésta su mala fama antes de encumbrarse sobre el ejercicio de su poder, arremetía con fuerza contra una idiosincrasia servil a la renuncia de un mundo en crisis, que así como nunca, avisaba de terminar aquí y ahora. Era el apocalipsis.
Cristian había nacido en un pequeño pueblo de una isla remota del norte del mediterráneo. Cuando hubo de explosionar el último petardo en las fiestas de San Fermín a modo de su moksha, abandonó su aldea y se instaló en Houston. Allí inició su carrera espacial. A los veintiún años formaba parte del cuerpo de astronautas especializados de la Estación Espacial Internacional. Herido así pues en sus contravenidas necesidades fue trasladado a Ohio donde contrajo importantes avances técnicos tanto en la física como en la medicina. Asistido en el Hospital de la Universidad Estatal de Ohio, en cuanto a la proximidad de opciones industriales para el avance y resultados eficaces y provechosos, se encomendaba así a elucidar los sufridos avatares remitidos éstos a toda su creciente o decreciente humanidad, contra su escisión aplicable. Cristian se adentraba así y aquí como el mítico Ulises hacia los mares de la muerte insorteable.
La estabilidad que pudiera malograrse en las apariencias mágicas de sus ensueños, siempre transferibles a la asimilación de las máquinas, se sopesaba sobre los descubrimientos indómitos, siempre descriptibles, que en este estadio de ardorosa e innegable muerte irreversible se sostenía en la fuerza de Cristian, más allá de su voluntariosa participación, la medida de sus rigorosas selecciones. Así sus abnegados subsecuentes, responsables de sus salvíficas encomiendas, atendían con severidad sus necesidades a los efectos de sus atenciones. Aquí pues el doctor enfermero Emilio Fuentes atendía el caso como nadie. Siempre en sus años de formación universitaria se ocupó en estudiar concienzudamente controversias como éstas, cuasi extrauniversitarias por aquél entonces. El sueño o los sueños participaban de la realidad así como respondían a las conductas de escisión sobre las mismas. Esto era que la disección de estímulos en la atención proponía al pensamiento la liberación adecuada para continuar así en su concienciación tanto en sueños como en vigilia. Era así pues que las máquinas y sus medicamentos contribuían así al despertar del largo letargo por el que los Rangers del universo bostezaban. Aquí y ahora en Ohio, mañana Marte.
No así Cristian se reservaba algunas impresiones formales al respecto de sus planificaciones. Estar arriba dominaba todo cuanto era del mismo modo abajo. La retreta a sus aportaciones, aun cuando descansara en la particular exposición de su integridad hasta la fatal conclusión del noctambulismo patológico, perseguía aquí y así una animosidad insistente por la invasión cósmica a integrar. Los peligros irresolubles habría de ser el Dios mismo quien los proporcionara. No así pues el Dios mismo habría de evitarlos en su compasión, cuya misericordia se extendiera por la súplica de todos los habitantes de la tierra. Cristian sostenía pues que el mal de espíritu era la única enfermedad irreconocible a humanos o humanoides. El anticristo es así un espíritu que en su continuidad erra encarnar por su composición sin sustancia ni naturaleza. Es aquí pues Dios mismo quien insufla la libre elección humana, al cumplimiento de la voluntad divina.
Cristian se sometía a un nuevo programa neurocientífico para el conocimiento específico de la viabilidad de la praxis de la parusía por un nuevo período resiliente a afrontar, o apocalipsis advenida, desde la parresia invocada aquí sobre todo destino humano. La completud del cuerpo gregario en su naturaleza humana, que se adentrara ante su fervorosa convicción crística en el espacioso e inmenso universo cósmico y humano, por su extensión física y espiritual, como una holística que englobara los propósitos comunes de todos los seres vivos en cuanto a su hostilidad, consideraba ecuménico e interreligioso que estos viajes y conquistas de estos Rangers espaciales salvaguardaran así igualmente el cosmos sin mediaciones profanas. Cristian el Difunto, líder del control de estas avanzadillas geobiológicas, propinaba satisfacciones enteógenicas a sus subordinados en servicio, las cuales provocaban así en sí un grato descanso pues en sus íntimas inconsciencias pituitarias. Estos progresos comunales hacia las limitaciones fronterizas de la expansión previamente convenida en sus cálculos elementales por disposición, prometían más allá que el oro y las riquezas materiales, un paraíso inadvertido tras los sacrificios y sufrimientos contraídos al nuevo licor que todo lo reparara en su espíritu.
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Los miembros cosmonautas del cuerpo técnico aeroespacial de Rangers nacionales e interespaciales aspiraban a la ambrosía y el néctar en traslación como a un maná divino más allá de las fuentes de energía propiciadas por los constantes meteoritos. El Kykeon se reservaba para el encuentro y la celebración con la existencia de destilados en disposición a la culminación de proyecto tras proyecto. Cristian despertaba ante nuevas encomiendas. Sus auxiliares les proporcionaban los medios a sus necesidades para prosperar sobre estas misiones interminables. No así brindaban con Kykeon siempre que se dispensaran sus formulaciones en los invernaderos. Era prioridad internacional conservar este brebaje fascinante al éxtasis de nuevos encantamientos expiatorios. El cuerpo de asistencia médica se involucraba en las aspiraciones de Cristian el Difunto a modo de un manifiesto Frankenstein. Los logros del equipo del hospital de Ohio mostraban un acendramiento expreso sobre esta evolución. Los trabajadores componentes del hospital bromeaban con estos sobrenombres. No así, para el doctor español en enfermería Emilio Fuentes, su recién convenido partenaire consistía no más que en la manifestación fehaciente de un sueño ilusorio presente de la ciencia y su tecnología. Lejos de toda resignificación mítica el Difunto representaba lo que acababa de mostrar y demostrar. Sin su admisión e implicación susodicha no se compondría así el cuerpo de navegantes hacia la ocupación estelar en su volición experiencial. Aquí el paraíso estaba reservado a la aportación de todos sus transeúntes como buzos a la mar.
Sería así el brindis ante el despertar del sueño con toda su ilusión fantasmagórica. Hacia Marte, Venus y Júpiter, y su reparto de poderes en sus triunfantes naturalezas. Eran así las pesadillas tormentosas remitidas a los simbolismos de la razón eximente y su magia. Aquí se aletargaban los deseos suscritos a la naturaleza consciente e inconsciente de la vida humana. Estos ocultos en emergencia, tras el alcance de las aspiraciones y objetivos personales y colectivos, que planificaban los cometidos a sus referentes, atesoraban la paz y esgrimían la concordia entre la singularidad de los pueblos de la tierra. Aquí Cristian y sus subsecuentes, entre sueño y sueño y asimilación, como argonautas espaciales primigenios, deglutían las palabras en la boca. Así las constantes de las soporosas máquinas se intercomunicaban en las extracciones de la fermentación de estas palabras inyectas en la sangre como lenguas de contacto en la ingestión de los suculentos manjares y licores, provisorios en las estructuras simbióticas e inseparables. Esta evolución tecnológica de Cristian y sus demás contagiados por voluntariedad efectiva recibían en la misma gesta su compensación de estas hablas como extracto.
Cristian, oriundo de la remota Isla de Elba, cumplía su sueño en la navegación más allá de los horizontes. Su afán propio por disponer un reencuentro con otras especies humanoides y la capacidad de movilidad en la intemperie espacial, le henchía el ánimo en su estupefacción. Por su parte el anciano doctor Adolph en su estupor profesional, que no se retiraba porque su salud y su sapiencia se lo permitían, socorría las atenciones solícitas de Emilio Fuentes. El frente abierto hacia el sacrificio humanoide por procrastinación de la felicidad inmanente suponía una jerarquía impostada a sus afectos y efectos. Cristian el Difunto y sus adeptos se organizaban ante el cuerpo médico a sus estudios dados. La ingesta de Kykeon compensaba estos esfuerzos añadidos. Despertar a una nueva estancia por la disposición a colonizar «La Asgardia» como nación estelar sumía así en el sueño más profundo a una humanidad que proliferaba, ya desde el espacio, y de este modo, se extendía por el universo como una especie inteligente propia extraterreste. La asistencia de máquinas supradesarrolladas y medicamentos específicos se centraban en el estudio de los informes clínicos e interpretaciones del doctor Adolph. Las comunicaciones en Ohio eran rápidas. Recibir las señales de aceptación para habituar la habitabilidad de esta colonia espacial, o cualquiera de sus misivas, se recompensaba al ejercicio del cáliz del honor, ante la celebración de la existencia por siempre a estos requisitos irrevocables por su consecución. La fuente del licor se inscribía aquí como un río subterráneo que emanara desde las profundidades terráqueas a las alturas más encomiables. Era así como este licor suscitaba la imperiosa ingesta de toda aventura humanoide a arremeter. Era pues que el desarrollo pasaba por conquistar el sueño a sus encomios no pesarosos. Era pues aquí el soma ario, que obsoleto a sus formulaciones, esperaba su turno expedito en el invernadero. La sucesión histórica de enteógenos ordenaba así pues su flujo constelar. El doctor Adolph conocía en la naturaleza humana, a través de su paciente el señor Cristian della Città, una tradición sobre pócimas y ungüentos a aplicar más allá de otras revelaciones. No así pues el doctor Adolph, que conocía estos secretos, no podía reconocer formalmente la heroicidad incuestionable de Cristian y sus subsecuentes allegados ante los plasmables nuevos remedios invalorables. No así habría de continuar especulando sus ideas sobre las muestras del comportamiento de éstos sus navegantes incorregibles hasta su derogada culminación. No así aquí las remuneraciones meritorias por avenencia.
La interminable fluencia del licor, inclusive a la traslación sideral, acompañaba a los cosmonautas con firme voluntariedad hacia los recónditos lugares habitables por sus cuerpos, inextinguibles y supletorios. Muy remoto desde aquí el ser de cada cual se expresaba en su dispensación la obligatoriedad de participar en la colaboración colectiva a la participación de su conveniencia humanitaria. El mismo doctor Adolph reflejaba en sus análisis su impropiedad para esclarecerse a sí mismo la vicisitud creada al estudio y observación de los objetivos incondicionales de sus designados. Así pues las anamnesis obtenida sobre el reconocimiento atenuante, no siempre absoluto, proporciona así pues el encuadre necesario a evidenciar las opciones de vida y superación, no más así que la muerte no se presenciaba ni insignificante, ni el abuso de su poder consistiera por finalidad esta muerte.
Aquí, con la humanidad ya puestas las botas en el espacio para su procreación y su sustentación, la primera y nueva nación extraterrestre humanoide de «La Asgardia» a los efectos globales de su independencia internacional, se defendía como piedra angular de sus conquistas aeronavales al consumo de simientes brotes y semillas iniciáticas por su tradicional usufructo a la motivación de estas expediciones espaciales y su continuidad así de estos triunfos activos pertinentes. Aquí el Kykeon, a las expensas de la irresistible humanidad y su reconfortante reposicionamiento, se acompañaba pues de néctares y ambrosias al júbilo de una superación paradisíaca. Estas atenciones complicaban la inutilidad de Cristian della Città y su inservible servidumbre como misiva estratégica. Esto es así que aquí sus aportaciones expresaban más las estimaciones por confrontamiento que sus encuadres al servicio. No sea pues así que el enmarcado de acciones por prever liberaba las manos humanas en la tarea de las soporosas e inseparables máquinas, así que fueran éstas asistidas por el gobierno de sus programaciones en sus complejas designaciones vocales y sensoriales. El trago aquí de libertad se aceptaba aún incluso por las costumbres de las naciones terráqueas propensas a disponer del paraíso perdido en sus renuncias aleatorias e insufladoras no por hálito vital sino por aspiración. El señor Cristian disponía la gracia divina de esta humana secesión, la ventaja de proseguir con su descendencia en un consenso familiar tal como así pues se hubiera decidido por divina aspiración. Estos hijos probeta o resultas de laboratorio de Cristian, constituían los primeros habitantes humanos sacros nacidos en su invernadero del espacio. La adaptación a un nuevo medio impertérrito en su inmensidad inconsistente se conmemoraba cada vez que un hito se anclaba en la efemérides.
El registro marcaba, como el detenimiento de una cruz, plausibles estancias para ingerirse la fiesta. «Aquí la avanzadilla de Cristian y su constancia imparable.»
FIN
© ANDRES PABLO MEDINA
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