LA TERAPIA DEL DOCTOR HERMANN WALEN (RELATO BREVE)

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Por ANDRES PABLO MEDINA

 

El dolor insufrible castigaba al alma a una realidad inasible. Postrado sobre el diván del doctor Hermann Walen revaloraba todas sus vicisitudes inenarrables de una infancia imborrable. Tratando de explicarse para averiguar así la supremacía de su inamovible personalidad padecía una prematura madurez. Recordar era aún obsesionarse con los miedos tributarios a su inaugural experiencia. Louis aún presenciaba el mortal accidente a su evocación de su occisa compañera aún en juegos. Se le exigía rememorar un hecho cuya importancia emocional por siempre se manifestaba aún en el silencio u ocultación de cuantos acontecimientos o presentaciones sumatorias se expresasen a lo largo de sus aciagos días. El dolor de la ausencia se unía a la irreparable pérdida como la persistencia del mal intransigente. Así el doctor Hermann Walen le insistía a representar en conciencia sobre las metafóricas exposiciones de sus relatos. No así el sufrimiento se esparcía avanzando como un mal desde su putrefacción originaria hacia la decrepitud culminante.

Su pensamiento racional conformaba la inclinación por amar a Lucy. Insistía sobre esta liberación como una fuga a la reposición de sus insuperables adversidades. La occisa Emma descansaba para siempre convocando una familia de añoranzas irremisibles. El desdichado Louis era incomprendido por el consciente colectivo. Su inmadurez solícita a la altura de sus aconteceres convocaba la sublimidad de su Emma. La bella Lucy se competía así con su carnal presencia una satisfacción impermeable en el cuerpo de sus sentidos. Al menos se iniciaba al tacto físico de una compartición unificadora. Emma, siendo su todo corazón en la pequeña gran mujer que prometía un amor maduro más feliz entre dos que sobre los demás, se entablaba disonante a comparar así para uno y cada todos ellos un estadio de infestos emocionales más que en sus expresiones reales. Así por el raciocinio amaba en trascendencia de muerte.

El doctor Walen como doctor y médico insistía en el trato con medicamentos a estas afecciones del ánima y las deficiencias del comportamiento de Louis. No así no encontraba otra que la palabra para intermediar sobre las impresiones de sus recónditas afectas enfermedades. El concepto se estaba aquí desconceptuando. El aún era prematuro como iniciado a la instrucción de la irracionalidad formal, concebida ésta por éstos sus guías instruidos más o menos en rigurosidad. Louis amó y codiciaba amar a Emma, y no cedería un ápice ante estos sentimientos. Emma era siempre ella, y aunque su sorpresiva desaparición la ausentara, siempre sobre ella arroparía una fuente de relumbrante luz. Así la ninfómana y promiscua Lucy se sabía de ante mano que se padecía una potente admiración por su electo concubino Louis Blake, ambos sujetos a un convenido encuentro desmembrado éste en la intervención del doctor Walen. Ella era así su fetiche ritual, y Blake no solo lo sabía sino que lo sobrellevaba sin contrariedades como natural a los sucesos.

Así era que el doctor Walen se trataba de inculcar sus luminarias sobre la atención a un presente circunscrito a su inaceptación. Era el amor que acotaba insidiosamente una realidad emocional. Así el doctor Hermann Walen a la sombra de las emanaciones de su cliente reponía su propia integridad. Su infancia misma se habría remarcado aquí por el rechazo parental en tanto a su propia interpretación aversiva. Esta escalada por la animadversión y hacia la violencia se trunca y justifica en la preparación y la relación sobre personas en crecimiento para sus aportaciones personales y estatutarias. Es así pues como el doctor Walen lograba y defendía su magisterio. Nadie ni siquiera un dios surge de la nada para la nada sin servir en su servicio.

 

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El doctor Hermann Walen estaba enamorado. Louis Blake era un muchacho muy apuesto. Y tenía un gran interés en la superación de sus avatares. Más que nada porque su hermano hubo de pasar una misma historia. Cierto es que había sido demasiado sensible a la hora de ejercer sus entendimientos. No así el doctor Walen se ofrecía como el doctor Walen. Y muy especialmente a Louis Blake. Así, sin personalismos ni autoritarismos.

 

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Lucy visitaba al doctor Hermann Walen previa concertación de su visita. Sus privaciones frente a la exigua relación connubial exigían contribuir a las mismas confrontaciones traumáticas, en cuanto a que una frustración manifiesta, desde algún momento de su historia personal, sin su aislamiento no más que propalador, competía así a su sexualidad. El doctor Hermann Walen la atendía con profesionalidad. Sus competencias al respecto de las intransigentes relaciones humanas y el deseo oculto y soterrado a sus pacientes le transfería a una identidad no participativa ante los eventos concurrentes. Aquí en su simpatía al distanciamiento clínico emprendía la aprobación en consecuencia ante los hechos en plantel. Su debilidad personal por la atracción a su cliente le inducía a una preferencia por su Lucy como posible saciedad de la pertenencia sustitutoria de Louis frente a la imposibilidad inaccesible de poseer su mismidad personal. He aquí como el doctor Walen, en su estratagema, diseñaba en sus funestas posibilidades el planisferio de su intencional salud. Método a sucumbir por su eficacia y advocación a un reconocimiento mixtificado.

Lucy y el doctor Walen estaban juntos mientras se explicaban el uno al otro lo que era el amor. Tanto la homosexualidad como la humillante ninfomanía se dislocaban en el trato insurrecto de sus promiscuos cuerpos. Louis dormía en sus sueños como amarse para amar. Louis Blake se entregaba a Emma más acá de una caprichosa ensoñación por anunciar contra Dios la muerte humana. Lucy era igual de real, también. A esto mismo que el doctor Walen ambicionaba por las confesiones de su cliente a su también occisa Emma. Ella fue así en vida, tal como inolvidable. El doctor Walen no tuvo más que revelar a Lucy más que sentimientos e intenciones. Ambos se satisfacían en sus impropias debilidades. Nada como recuperar el grato semblante de la infancia tal como proponía profuso el afectuoso y aún joven Blake.

 

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Lucy era una impostación para justificar odios y envidias a las capacidades y objetivos propuestos por la astuta pericia de Louis a sortear como una serpiente. En realidad Lucy no era más que la marca de una perdición que como una diestra paloma se ofreciera. El doctor Walen era ávido con sus asuntos. Su homosexualidad era incuantificable no así a reutilizar como un efecto acomodaticio. En realidad Emma se sabía occisa tal como las margaritas que Louis sustraía para ella de la impropia naturaleza. Transmutar a un nuevo cuerpo místico sin abandonar los resultados completos de su actual estancia matérica y consecuente espiritualidad biológica suponía la estancia existencial en la que se alternaban unos y otros más allá de sus estatus. Louis en su periplo abordaba el destino de sus allegados más que el suyo propio. Su sola desolación por las pérdidas y ausencias, siempre incontables, en su similitud a toda participación más o menos exenta o no de mortificación, componía un estadio de imprecisa afección física y emocional que en la desemejanza con sus congéneres arbitra el cupo de sus aspiraciones. Y es que es así que en realidad el doctor Walen recrea sus concepciones de conjeturas plausibles. Sus aportaciones a sus prójimos en la carrera de las detecciones por la disolubilidad de las aversiones confrontantes, constituyen una personalidad social tal que erigiera así un rol gestor y arbitrario en sí y para todos, como guía espiritual en la superación de extintas profecías o medicinas incalificables.

Las aspiraciones de Louis Blake por su arrebatada rama de su árbol genérico implican la repulsa que se sucede por el individuo mortal hacia la habitabilidad de todos los tiempos en su efímera y perecedera permanencia. Es así como el doctor Walen se propinaba la explicación del deseo humano por formular en transcendencia. Sin embargo Louis Blake era para él no así único y especial. Su análisis le predisponía a la coparticipación experiencial de los hechos tanto como a participar en los resultados personalísimos de los mismos. Esto es que la zona de confort y sus intimidades se desacreditaban por la implantación agresora de anhelos y otras voliciones demarcadas del ser. Esto así pues como los sueños de Louis, en sueños, se formulaban tal que realidades inminentes que se profesaban así pues a la salvedad como vivencia inescrutable. Los deseos de Louis Blake eran órdenes al compromiso personal del experto en humanidades, doctor Walen.

Louis Blake se sometía a sus propias correcciones. Era ineludible que la graciosa y bella Emma fuera que no hubiera de haber eludido manifestarse desde horas tan tempranas. Así concebía que su voluntariosa voluntad, en el inconsciente de abandonar, había promovido estar allí y en el momento inoportuno del accidente. Louis no aceptaba a ésta su hora tan temprana que la muerte sesgara su ilusión. Siendo aún adolescente padecía el desafecto de la tremebunda muerte. Era así que Louis Blake y Emma Anderson se postraban a sus descubrimientos presenciales sobre el etéreo diván en que el doctor Walen y la desdichada Lucy aprendían a amar por magisterios inconsecuentes. Emma Anderson se conformaba así pues con padecer en esa otra vida incorpórea la disolución del dolor y sufrimientos de su partenaire como prestación de atracción y amor sobre su primerizo colegial incomparable. No así el doctor Hermann Walen consideraba que estas abstracciones se confundían en una realidad convencional cuyas extrapolaciones simbólicas a un conocimiento universal se excedían como inconcebibles. Lo cierto era pues que Emma estaba muerta, y esto aquí le exponía como amante así de su Lucy la incomprendida.

 

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Louis Blake ignoraba el suceder del tiempo. Los beneficios de sus inversiones emocionales a la prestación singular de la omnipresencia de Emma, su chiquilla loca, en la presurosa adolescencia, que por la fuerza del doctor Walen, se inscribía en la sustitutiva aplicación de las edades comportamentales inteligibles, como enfrentamiento a la reparación de una identidad secuestrada por el tránsito de inhibiciones y abstinencias, desde toda implantación de rechazos virulentos en sus controvertidas vivencias pertinentes, se rentabilizaban a la satisfacción de las superaciones expuestas, sobre las deformaciones indeseables que se retrotraían hacia la proyección de sus registros gramáticos no afectivos. Esto es así que Louis Blake se sumía en sí que su propia muerte habría de ser tan imprevisible tal como dolorosa, en tanto que su endógena vivencia le incitaba a sentir este mismo espectro mortuorio con el amor. Su difusa concepción a una vitalidad constructiva por estos hechos y tratos obtenidos a su temprana infancia, así como los tratamientos medicinales reflejos de reveses y desprecios desde su primera puericia a su madura pubertad, le asesinaba de su propia comparecencia a la nihilidad de las formas y sus insistencias. No había pues motivo ni lugar a decantarse por consideraciones desproporcionadas. Estas se asomaban por su propio impulso a sus propósitos frustrantes.

El doctor Walen amaba a cada uno de sus pacientes en sus peculiares comparecencias. Lucy se mostraba como un regalo de su esfuerzo por amar a Louis Blake que tomaba por su propia deferencia. Su categórica homosexualidad expresaba así y aquí su predilección. No así correspondía por su continencia. El doctor Walen sentía los efectos de su propia terapia sobre su propio diván. Trataba de aunar su mismo dolor así que se superaran los sufrimientos de sus mismos pacientes. El doctor Walen aleccionaba cada caso. El doctor Walen aspiraba a sí mismo como fuente de salud y orden instituido. El doctor Walen sentía la vitalidad de la existencia como un presente taumatúrgico.

Blake tomó la decisión de contraer nupcias. Trascender la muerte en el suicidio cercaría los lazos amatorios con su Emma. Incluso él desconocía el milagroso progreso a su maridaje. La homosexualidad del doctor Walen se contenía en una insensatez explicita que excedía su tendencia sexual por poderes. Trataba de prohibir la felicidad de Louis en tanto a que a él se le prohibía padecer su felicidad con su paciente sin personalismos ni autoritarismos suscritos a la presunción de una formalidad regulada. No así Louis Blake admiraba la figura del doctor Hermann Walen y sus decisiones. Reconsideraba pues que sus aportaciones de sentido común a sus prestaciones asistenciales y mundanales, aunque fueran inapropiadas y erróneas, componían una fuente de relumbrante luz. Esto es así que la desposada Emma, luminosa y radiante, se adentraba entre los sueños invocados a Blake por el doctor Hermann y sus píldoras, como el reclamo de una occisa sin más despedidas que un reencuentro. El doctor Hermann Walen, sin aprobaciones contables y estadísticas, se implicaba en estas adversidades y voluntades de amor y muerte de su predilecto cliente. Adentrarse sobre el farragoso terreno de la muerte, como reencuentro liberatorio del dolor y el mal, por la ausencia eterna de nuestra mismidad con los allegados en su subrepticio seno al imborrable manifiesto de una memoria rendida por el peso del amor, que no renuncia así nunca ni a la muerte como entrega de la pasionaria devoción, promulga pues el unívoco suicidio al alcance de sentido de sus razonamientos.

El doctor Walen no consideraba viable la hospitalización. No así el doctor Walen comprendía que su cliente habría de traspasar no así el umbral de la existencia. Conmovido por sus obturados sentimientos le invitaba a tomar sus confesas decisiones. Walen no era un asesino, era un doctor seccionando el contenido de la mente de su cliente. Era una mente ante otra mente, un soldado frente a otro soldado. Louis Blake aquella noche se atragantó tomando varios botes de pastillas, esas mismas que se les suponía en las dosis reglamentadas efectivas. Louis traspasaba así el umbral de su conciencia para entregarse a su dulce Emma. Louis tomaba los esponsales, Louis fallecía.

 

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Aún era temprano para perder por amor.

 

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La dulce Lucy estaba enamorada. Sentía que amaba cuanto su libertad le rendía a padecer y disfrutar. Sus apetencias eran servidas por sus amantes. Ella se entregaba pues al placer que por siempre de algún modo placía. Ella no era una reprimida que se entregaba a una muerte silenciosa. Ella actuaba como protagonista de los aconteceres de su vida tanto material como espiritual, ella era incomparable e irrepetible, era única como mujer que no dudaba en confrontar sus encantos, que no dudaba en afrontar sus desilusiones. Lucy no daba a descendencia con ninguno de sus concubinos. Lucy aspiraba a ser independiente y continuar siéndolo aun cuando la edad repusiera de cuidados. Lucy era aún joven, y su carácter le expedía serlo para siempre. Su felicidad consistía en amar por encima del amor, cuanto más desatado mejor. Lucy no se pertenecía ni siquiera a sus valores, porque esas continencias determinaban con obligatoriedad estricta. Es así que Louis Blake padeció una escisión irreversible acullá. No encauzaba aciertos plausibles ante sus malogradas relaciones. Esta indisponibilidad intervenida por el diván del doctor Hermann Walen le había catapultado indefectible a su reencuentro con Emma la inolvidable. Así era que el doctor Walen infería su suicidio sin otro afán que resguardarse a sí de dolencias inconvenientes. El doctor Walen decidía así sus aspiraciones antes que los deseos no obtuvieran su real cumplimiento. La terapia del doctor Walen se sostenía por su observación participativa. Esto es así que el doctor Walen se comprometía a dilucidar su mismidad. Así el oficio de escrutador se distribuía por las partes congregadas. La complicidad facilitaba la entrega de sus discordantes propósitos. Todos inclusive sus demás ausentes allegados se acercaban a participar de la selección del sugerente elenco. Así el hermano bastardo del doctor Walen, que sufría en sus carnes una misma persecución por la aviesa muerte, asomaba desde su etérea presencia a compartir y paginar el caso irresoluble que se les afectara, no sólo en sueños, sino a su silenciosa consciencia. Louis Blake, que encontraba así a la figura de su Emma ataviada de sol y sal, invitaba a todos a la boda.

«Una ceremonia omnipresente».

 

FIN DEL RELATO

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