LOS PRIMEROS DÍAS DE ORIÓN (RELATO BREVE)

   Non classé 3 Comments

ANDRES PABLO MEDINA

 

El pelotón de hostigamiento apuntaba a las heridas abiertas sobre los cuerpos inermes de sus adversarios. La centuria médica recomponía así las heridas sin presunción. Aquellos electos sobre los que recaía la responsabilidad de satisfacer a sus enemigos propinaban con su sangre la depredación de los ejércitos rojos. El reemplazo de heridos se sustentaba así se sostenían los ministerios. La repulsión del almirantazgo a estos despreciables contabilizaba las altas en el confrontamiento. El almirante no asistía más que al cuadro de sustentos. El servilismo propiciaba los contingentes sin indulgencias. Los propios cautivos adquirían las enfermedades que engullían en su custodia. El almirante fortalecía la lesa humanidad.

Era el ejército azul que contenía la armonía entre las disposiciones de la soldadesca. Así sucumbían en la batalla así se reponían tras la asistencia bélica de sus subordinados. Orión no era tan sólo una constelación estelar más o menos en su designación aspirante sino una insigne promesa elevada a un individuo en su singularidad por su heroísmo apátrida en la declaración de la guerra universal. El pelotón de hostigamiento luchaba contra las heridas de su rango. Cumplía órdenes superiores para impregnar de sangre de cabra los difuntos caídos en la sanguinaria contienda del bando combatiente. Insectos infecciosos y otros depredadores se disponían a participar de estas luchas internas sobre la mismidad impasible. Era así el ejército rojo que eludía hasta la extenuación las órdenes de su líder Orión a la imborrable mostración de los ministerios comunicantes. Un solo bando y mil y una batallas aspiraban a la pacificación recreadora entrambos. El deseo de regresar al paraíso sobre los pasos del destierro en la construcción unívoca del cálculo en su diseño motivaba las aberraciones del almirante Orión por alcanzar Orión. El almirante Orión se tenía así a sí por un fiel enemigo con todas sus debilidades monacales a expiar.


*

 

Le habían despedazado la gangrena desde la ingle a la cadera. Era un héroe. La comandancia uniformada en las condecoraciones de sus insignias castigaba la intrínseca deserción como una impropia derivación de ataques inmersivos sobre la batalla a connaturalizar. El hambre y sus efectos biológicos se disponían por los ministerios como sustancias armamentísticas a confrontar. Las consecuencias de la ingestión dosificada y su digestión asaltada con medicamentos complementarios optaban a discordancias letales tal como en la eficacia exterminadora. La centuria médica atendía a sus ataques de inanición. Orión desaprobaba el deseo deglutorio de sus contrincantes. Es así que el almirantazgo ordenaba la extinción de la saciedad animal en su totalidad. Fuera así que los soldados reclutados se destacaban por sus hazañas amatorias en la poeticidad enfrentada de sus encuentros con sus seducciones verbales por enamorar. El éxtasis invocatorio al cuerpo médico de estos héroes los congregaba a fornicar desde el frente con las más bellas. Estas asistían a sus adalides en preferencia a los reclamos de los hirientes proxenetas en sus uniformes de desagrados. Las venéreas insubordinadas se atormentaban en la deficiencia indestructible de los cuerpos con sus pertrechos. Así a la conquista de una ordenación superior estratificada en su servicio recluso por insumisión adaptativa surgía la condecoración de Orión que se instituía sobre la amalgama de intenciones invasoras sobre este tumulto de estrellas y piratas por alcanzar su cenobítico almirantazgo.

La comandancia azul absorbía todas las inocuidades de las adversidades campales. Entrambos ejércitos se disentía su mutua denigración. Hasta aquí las reglas del juego eran «no jugar» salvo que Orión designase una tregua de indecoroso restablecimiento antes que éste ultimase la disputa como una huida terminal. Aquí no había guerra pues. Era así la diplomacia de Estado que había resuelto el enfrentamiento. La burocracia se encomendaba a retirar los difuntos inútiles no sin que antes se detectaran sus beneficios y demás aportaciones.

«El comandante se reunía con el presidente».

«Orión les invitaba a participar de su tranquilo cuadro de operaciones».

 

*

 

El señor presidente ordenaba el estado de sitio y confinaba al país en la guerra. El señor presidente había esperado campañas y legislaturas para proponer así al Rey la viabilidad a esta convocatoria. La guerra había empezado muchas campañas y legislaturas antes así como que se gestaran sus oposiciones parlamentarias. El almirante protegía las luces de la nación frente a la desasistencia de sus guerrilleros más contravenidos. La sangre se contabilizaba por dosificaciones manipulables a los caídos en disposición. El mapa chorreaba sangre despilfarrada que se encauzaba en el regular ensañamiento a superar. Los residuos se volteaban sobre copiosas heridas. Estas gangrenas y apostillamientos estériles se cuarteaban en minúsculos gestos propiciatorios de otras supuraciones estratégicas por gestionar. Los ministerios se aunaban por codiciar sus administraciones delimitantes. El reparto presupuestario de acciones prebélicas instauraba una política de salud y dominancia sobre toda capacidad operativa. El sanguinolento esparcimiento se advocaba sobre la recreación farandulesca que el Rey protagonizaba a sus refutados. La guerra se dirigía hacia quien la evocaba en la gobernabilidad de sus polivalencias.

Así aquí a salvo, pues, que fueran a explosionar saturados los ministerios en sus reparticiones potestativas, y en su gerente presidencia, se aplicasen las fuerzas burocráticas y otras diplomacias más ante otras adversidades, dada, pues, así esta nueva conveniencia pues sobre otros armamentistas que se obtuviesen así sus similitudes al dictamen institucional por las campañas electorales suscritas a una sincrónica plurivocidad política, hubiera de expandirse, pues, así sobre una competencia plebiscitaria por la promesa o el slogan desde el cual se advirtiera aquí que «la letra con sangre entra», inundándose, así, pues, aquí, las calles de tripas y sesos huesudos a los honores del Rey y sus presidentes selectos tal como legítimos mandatarios. Las plausibles ofensivas que colectaban estos desastres hasta el reciclaje de su hartazgo como refundición de los nauseabundos detritos compilatorios a sus interfectas delegaciones gubernativas, propiciaban el desuso del Estado como maquinaria transversal disputante de su mantenimiento y sus utilerías. La sangre que corría a borbotones por las venas de cada combatiente se transfundía a la sangre de todo combatiente. Un solo corazón para un solo Rey.

 

Los desperdicios sobrantes de las mil y una batallas que en su contienda libraran la habituación de una guerra inamovible, no sustituían las insatisfacciones innegables de las inconvertibles jaurías de una humana humanidad. Un solo corazón por un solo Rey que abnegaba por su pueblo. Así discernir el destino de estos restos campales en la confluencia partidaria a los consejos deponentes ante los ministerios delegados en la presidencia de su Rey, constituía el asentamiento de formas recreativas sobre la inconmensurabilidad de la extensión desde la Tierra aquí y ahora hasta Orión por toda una eternidad prometida en las presunciones de la clase sacerdotal. Era pues aquí que el ejército rojo y el ejército azul se atrincheraban en sus respectivas victorias. El almirante Orión se sustraía en su otredad una alteridad inidentificable. La guerra no sucumbía. La guerra en los espacios transfronterizos se replegaba. La guerra se ausentaba entre la maleza de cadáveres en proceso de hostigamiento. Los resultados se aplicaban más allá de las disquisiciones diplomáticas en baremos burocráticos. Las bajas contantes contaban ya como contables en tanto que difundían en sus derogados emplazamientos a la producción y reproducción de sujetos gananciales. Cada víctima exhumaba las aportaciones de su talento a la vía de Orión.

La estrategia de reincorporación propiciada por el almirante hostigaba tanto a sus enrolados a voluntad como a sus apresados en rendición. Los inutilizados por sus incapacidades tanto en los enfrentamientos de la batalla como en sus rehabilitaciones personales se destinaban a sus refundiciones corpóreas al servicio de las centurias en su cautivo avance en la inconsciente promesa de la resurrección. La discontinua restauración del almirantazgo promovía aquí la incorporación de los afectados en su inquina. Todos los combatientes de los ejércitos convocados aspiraban a culminar sus objetivos universales. Aquí pues no había ni vencedores ni vencidos sino guarniciones a defender las invocatorias de las posiciones. El ejército azul y el ejército rojo como binomio de la completa aversión se contenía adverso sobre una misma comandancia. Este estado secreto regente de una estructura enemistada contra el Rey y sus almirantazgos codiciaba los continentes de la guerra biológica. Se desataba así su armamentismo sobre unas consecuencias terminantes tanto al confinamiento represivo como al terrorismo suicida.

 

*

 

La primera vez que Orión fue avistada por una nave espacial con tripulación humana su tecnología constitutiva era extraterrestre. La traslación de tropas y enseres a disposición para descender al sistema planetario de Mintaka se desconocía en su logística. El ejército azul y el ejército rojo se aunaban contra la invasión. Las intenciones asumibles por las inteligencias emplazadas promovían la dilucidación de los cuerpos contrincantes como adversarios reconfortantes. El resultado de estas circunstancias concurridas involucraba las diferencias y comparticiones paradigmáticas en la ignorancia de una involución sobre la demora de una victoriosa expansión. El reto suscrito sobre las hirientes dolencias por su suma cuantificable a una defensión del ejercicio de la maldad contra la maldad, inadmisible, convocaba las fuerzas vitales a su última ultranza. La desvaloración del individuo como piedra angular del constructo humano por la imposición civilizatoria en su unanimidad estructural ubicaba el estadio existencial. La revelación de las necesidades consecuentes no programables por las inteligencias concurrentes invocaba hacia la paz interior como germen de la insurrección supraestelar más allá de la superación apocalíptica de su caos conclusivo y final.

Así, pues, la comandancia rectora, al cumplimiento de los alcances posicionales de Orión, se disolvía en la presencia de los detritos humanos inservibles no más que para alimentar con sus despojos al mejor de sus amigos y aliados por obtener la más suculenta de las tajadas. Así pues la jauría humana se sostenía sobre su proscrita individuación. Orión se reintegraba para el combate rearmado como un camicace destripador tal que así mejor supiera su fiel amigo canino y su arriesgado e incondicional chimpancé. Era aquí la guerra que se originaba en su subsistencia cotidiana tal que a la guisa de las mejores suculencias, aprehendidas en la ambición del enrolamiento hacia Orión.

 

*

 

Los motivos concernientes a la evacuación de detritos servibles por reciclar en su innovaciones corpóreas proporcionaban la incautación de insignes bendiciones a la patria revaloradas por su distinción real con el alcance y la conquista de su dignificación nominal. Orión era reclutado a su galardón como el destripador de sus correligionarias laxitudes pacificadoras. Extraer los sustratos catastróficos de las deidades parabólicas y sus santidades renunciantes por la execración de los estímulos demoníacos contra la primordial fluencia sanguinolenta de la avulsión ostensible ante la impropiedad de las ambiciosas aspiraciones, contraía una enfermedad tácita e irrelevante en la discordancia del asalto humano sobre el Cosmos estelar y su civilización Mintaka. El comandante Orión era condecorado en plena batalla. Pronto esta primera conquista llegaría a ser la gesta más impropia de toda humanidad.

 

Orión se encomendaba en la retaguardia a la espera de la orden de sus mandatarios confinantes. El reencuentro con la estrella Mintaka y su planeta nodriza originaba el deseo de contemplar nuevos avances interplanetarios para la civilización tanto en su tecnología como en su biología. Sembrar la Tierra de vida parahumana inteligente suponía entregarse a la vida humana con todos sus inconvenientes. La dificultad sobre la que aspirar a retomar la presencia en Mintaka sostiene la comprensión de reiniciar el sistema biológico así como pues en su equilibrio para la pirámide trófica. Esta reformación de la energía vital en el ecosistema universal dispone la dificultad de una cadena perenne y autógena. La huida hacia delante de Orión sobre la Tierra refleja la compartición ancestral con el australopithecus a la observación de la integridad entre el homo sapiens y el neandertales en un cultivo óptimo de ADN sugerido a los efectos del polvo de estrellas. Así era pues que Orión con su gestación sobre la vida de la Tierra en su animación por trascender la propagación y el mantenimiento del ecosistema en su expansivo holocausto expiaba así la cruenta vida que se sostenía como contrafuerte de otras formas más primigenias e igualmente más desarrolladas e inteligentes.

Obtenido el galardón de manos del Rey, Orión acercaba el mundo a las estrellas. El regreso a Mintaka componía la misma atención atmosférica que sugiriera la Tierra en su día al proceder a la instauración del Imperio del Sol. Las atenciones atmosféricas de gestación son estrictas e inflexibles. No así Orión se había encomendado a la Tierra para regenerar desde sus homínidos el cuerpo humano. Aquí en la convivencia de una identidad biológica intervenida surgía la difusión. He aquí pues que este injerto sobre la naturaleza humana no renegaba de sus inmutables principios a pesar de sus armígeras incautaciones. La guerra en las estrellas no se sostenía, la guerra en el planeta vivo regurgitaba al planeta sobre el que sobrevivir. Así ambos frentes se sostenían en el desequilibrio de un continuismo indispensable. El ejército rojo y el ejército azul se unificaban en el desastre mutuo por la adquisición del espacio para sus instauraciones escatológicas insorteables. Las deposiciones detríticas se realizaban tal que sus émulos adversarios depusiesen las armas y la sangre por la conquista de Orión como finalidad íntima y recursiva. Era así que el Rey de lo que fuera Orión era ahora en su renovación el nuevo Rey de Orión en su favor al comandante de su mismo nombre. Aquí un sentimiento de paz improrrogable asentía sobre las guerras.

La constitución libertadora de los enfrentamientos armados convergentes exhumaba una axiología reglamentada sobre la cualificación superable de la experimentación hacia su impronta recesiva. La consumación de las acciones discordantes en sus propósitos ostensibles por su gradación, permitía una credulidad a la controversia antagónica en su más absoluta disgregación. Así, tanto Mintaka como la Tierra, se reforzaban en la aliteración de sus disputas internas hacia una malograda estabilidad. Los ejércitos rojo y azul avanzaban incluso aun cuando se retrotraían en sus posiciones y composiciones. No había más encarnación que la disputa al cese de la proliferación alfanumérica inextinguible. Así, pues, todos y cada uno de los sujetos a su convocatoria biocultural previsible como partícipes en sus misiones tanto personales como objetables por sus voluntades específicas, reconstruían las civilizaciones de Orion sobre la Tierra, y de la Tierra en su propugnación sobre el resto del Cosmos por su incontenible inmensidad en sus turnos dimensionales. El comandante Orión, pues, en su almirantazgo ante el cuadro de desperdicios contables e incontables resituaba al presidente de su república ante las diatribas del Rey y sus monarquías. Los ejércitos en campaña asediaban las guerras en su indecorosa animosidad. La belicosidad impune se propalaba a su multiplicidad demográfica como impedimento a la estabilización aun cuando ésta refrendase los cimientos pacificantes de su extinción.

 

*

 

La difícil tarea de sorprender con pensamientos positivos, ante la fiereza indomable de la presunción del mal como negocio de subsistencia, en cuanto a las guerras como medio de ponderación al arbitrio de la evolución armamentística y su entrenamiento militar, sobreviene así por la sublime amalgama de una compartición estratégica en conjunción de sus asistentes. Es así pues que el general de los prisioneros habitaba solo en su jaula aislado como única compañía al servicio de sus subordinados. El invicto pues en innumerables derrotas tanto que nunca asistiera al cumplimiento final de ninguno de sus objetivos demarcados e incluso involuntarios se debatía la gloria consigo mismo ante los demás. Encarcelado sin más propósitos que sufragar las heridas de las contiendas, este jefe de los mancillados cumplía con sus misivas monacales, a las que no les otorgaba otra validez más que la enemistad discontinua a los efectos de una inhumana repoblación.

 

El Papado no aspiraba más que a revelar las verdades históricas con ahínco puesto que reencontrar la paz en el planisferio terrestre se terciaba como una misma aspiración. Mostrar que esta sanguinaria realidad contuviese un sentido extraordinario más allá de la grandilocuencia explícita, en la razón de comprender la minucia humana hacia su esplendor contingente, ausente de formalidades estructurales al servicio de la ignominia, refuerza no así una vacilación en la difícil tarea de sorprender con pensamientos positivos, ante la fiereza indómita de la presunción del mal como negocio de subsistencia.

El general de los prisioneros compartía el ensañamiento con su enemigo del mismo escalafón. La discrepancia formal era nula. Sus diferencias se establecían por añadiduras connaturales. Las asistencias a los sucesos y sus confrontaciones regias incluía la protección asistencial de cuantos se citaban al cataclismo en la arbitrariedad dinástica. La historia acorde se fraguaba hacia la exposición de la verosimilitud de sus acechanzas. Lograr así aquí la conclusión por la que la corona de las repúblicas en sufragio se combinaba a la instrucción de los ejércitos rojo y azul por resolverse sobre Orión, en cuanto a la imparcialidad de los honores y misiones en sus preceptivas ocultas a los límites de la confrontación armígera, al acato de las insufribles mil y una batallas por levantar algo más que sangre y sudor en el rival aliado, en sus condecoraciones sobre el estudio orgánico y biopsicoespiritual de la victoria subsecuente a la victoria inerme propuesta a Orión en su almirantazgo por el Imperio del Sol, otrora en la naciente esperanza de no sucumbir ante su luminosidad, iniciaba una partida de recolecta de dolores a su expiación.

Así los alienígenas tal como los terroristas libertadores de las intrusiones devastadoras se presenciaban frente a los frentes abiertos a los asaltos reclutadores de los remplazos aversivos. Orión se conocía desde que se supo que nuestra contienda provenía de la contienda de Orión. El almirante Orión se designaba a la habitabilidad de la proeza. Atrás una rémora de sangre y cadáveres diseccionados y descuartizados anunciaba las misivas a las nuevas conquistas del indefectible imperio galáctico. Alienígenas y terroristas se ufanaban hacia la extradición.

En el registro del cuartel de la comandancia explotaba una bomba. «No había víctimas».

 

ANDRES PABLO MEDINA

«Primer día de primavera, 2026.»

 

No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *