AISLAMIENTO PRO NOBIS (RELATO BREVE)
La intemperie de la mañana entre los pastos y campos de cultivo de los pueblos de las aledañas poblaciones rondeñas helaba con la escarcha el cuerpo y las manos cuarteadas. Pasos Largos cubría sobre sus espaldas la hazaña de campear la serranía hasta el final de los primeros mediados del pasado siglo veinte. Es a esto pues así que su paisana Carmen la Saetera, se enamoró desenfrenadamente de un literato y dramaturgo francés, Salvador Leone, que tras veinte años por tierras de España, se hizo conocido aquí por el propio interés del mismo dramaturgo en tan afamada mujer y sus proezas, con la que se asaltó alguna que otra correría, y que a la salud de su experiencia profesional, recorrió los campamentos y poblados de la serranía antes de ser ésta avizorada, y detenida, eso sí, por un puñadito de reales, a saber. Él apenas tuvo así otras cuentas con ella pero sí otras palabras que redactar. Pasos Largos cubría los pasos de uno y de otro con mucho escrúpulo. Siempre al quite de la intrusión. Aquí la Guardia Civil golpeaba contra estos bandoleros, a los que perseguía en tanto que se ingresaran a las mismas guardias para abandonar honoríficamente y sin coacciones los aprecios de la furtividad. “Una utopía.”
Así se expandiera la pandemia de gripe española, las bandoleras se proliferaban capitaneando sus clanes. Unas y otras entablaban seguros asientos a sus apadrinados. El bajo clero se hacía el cargo de propiciar las buenas saludes a estos heroicos de entre los pobres. No así las imposiciones de los persecutores atosigaban hasta la extenuación a cuantos pudieran revelar noticias de los paraderos de estos valerosos secuaces. Es por esto por lo que las atenciones y precauciones eran todas pocas. Salvador Leone, entre la espada y la pared, se disponía cuanta información se le dispusiera, y así se proveía a que se le respetase entre tantas reyertas por su justiciera posición. En los pueblos de la serranía los cadáveres proliferaban entre las callejuelas y plazas. Sus retiradas e incineraciones se hacían con minuciosidad, así como los buitres de las cimas y algunos otros carroñeros los despiezaban. Las bandoleras, al cargo del tropel de sus bandidos, cumplían las irremisibles órdenes que les surgían del clero, y gastaban sus reservas en los peristas mediante contactos conspiradores, situados mediante comisiones corruptivas en la alta sociedad o en las guardias persecutoras contra los delitos civiles. No así pues eran tiempos gloriosos, e inclusive ni los escasos cazarrecompensas atinaban.
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Salvador Leone enviaba a París su manuscrito propalado y firmado a la directiva del Teatro de la Ópera. Aquí veinte años no son nada cuando consisten así en abrazar pues el amor y su probidad. No así las retenciones provocadas por la epidemia importunaban las aglomeraciones en el tránsito de pasajeros y reparto de correos. En todo caso no había otra tarea más digna a cumplir que acudir a las delicias de su partenaire. En la Sierra aún brotaban los últimos contagios de la mortal gripe. No así parecía pues estar extinguida, al menos en la influencia y fluencia de los poblados urbanos. Más se atizaba en América. En España el tránsito de las diligencias se normalizaba ya con puntualidad. Asimismo los asaltos de los bandoleros se retomaban. A veces las coincidencias de los atracadores ante un sólo atraco propiciaban desencuentros por acordar, que siempre se deliberaban así por entramar desde la buena voluntad de ambas partes pertinentes. Es así pues que las desavenencias entre unos clanes y otros no entraban en rivalidad ni aun cuando la necesidad imperase otras ambiciones. Mejor desistir a las impugnaciones con acuerdos usitados. Esta concordia entre las cuadrillas se extendía en el respeto mutuo sobre sus libres actuaciones así como a respetarse en solidaria reciprocidad. Delimitar el campo de acción era pues fluencia de una eminente fraternidad. No así el bandolero Flores Arrocha tomó armas en su culpa contra su propia familia sin mediar asestándoles la muerte a sus parientes. Pasos Largos proporcionaba la vigilancia al concierto de los accesos a las guaridas recónditas de la serranía. Nunca nadie se excedía de sus responsabilidades contraídas. Violar estos compromisos pudiera suponer castigos cruentos incluso la muerte por tortura. Es más, el compañerismo exigía que cuando alguno de ellos iba a ser detenido ingería veneno por silenciar. No así, cuando se detenía vivo a un bandolero se trataba de liberarlo por todos los medios posibles, y así se replegaban las partidas fortalecidas de información y estrategias. No se contaba con sus revelaciones o posibles confesiones a las autoridades. Generalmente el clero trataba de mediar fortuitamente sobre estas imposiciones de la ley. Asimismo Salvador Leone obtenía su licencia para convivir con los bandoleros sin eximirse pues de sus cuentas y obligaciones. La guardia permitía que el dramaturgo francés recabara sus singulares reflexiones sobre estos fenómenos tan españoles.
Flores se ocultaba incluso de los propios bandoleros cuando fue abatido antes que así lo hiciera su desolación.
Sin embargo, Carmen la Saetera se exponía en cada cita con su dramaturgo francés. Después de veinte años aún permanecía en ella la fragancia de sus pintureros ropajes. Contaba eso sí con la aprobación de su cuadrilla. La Cueva del Gato era el lugar escogido a no ser que Pasos Largos abortara el encuentro. No así el mismo Salvador Leone precavía a su concubina cuando trataban de perseguir el rastro para obtener posiciones. Salvador Leone era un dramaturgo leal con todas sus tareas. Subía a la Sierra siempre con el ánimo encendido sin pensar nunca por qué regresar a París sino por recibir la aprobación de su apasionada obra maestra. A esto las mujeres de los bandoleros subían a sus poblados itinerantes repletas de enseres sin atisbos de la Guardia Civil y otros acechadores. No convenían las mezcolanzas ni siquiera de unas familias con otras. Cuando era menester levantaban el campamento y éstas marchaban a su anonimato. Los pueblos y las aldeas albergaban a estas familias con absoluta pulcritud. Nadie se ensañaba ni por justicia contra estos hombres y sus prójimos. Estaban guarecidos de por sí aun cuando se les dispusiera para lo contrario.
Repartían sus bienes entre la población.
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El Teniente Mirilla recibía a Salvador Leone en su cuartelillo. Ambos se fumaron un puro habano. De estraperlo. Se lo proporcionaba una perista que llamaban la Saetera. Salvador Leone fumó tosiendo. El Teniente Mirilla trataba así de cercar sus rastreos. A veces la casualidad encauzaba develaciones inesperadas. Salvador Leone se dirigía al Teniente Mirilla con designación. Salvador Leone con delicada vigorosidad esgrimió sus defensas ante los juicios desconcertantes del Teniente. Él era un artista con licencia para investigar, y sus intrusiones en la Sierra obedecían al cuerpo deontológico de su ilustre profesión. Un puñado de reales no valía así ni la pena de ser el delator ni siquiera de una gran pieza para el teatro de la Ópera de París como recompensa. Salvador Leone conocía por su historiografía que el desenlace de Carmen la Saetera habría de ser forzosamente trágico a su culminación. Cuando se reencontraba con ella en la Cueva del Gato se solían intercambiar sus pesquisas a la salvedad de protegerse así a sus febriles encuentros. Librar el tipo o la hombría pasaba por acomodar las circunstancias al pacto de una confraternidad inquebrantable. Esa recíproca atracción desvelaba una relación fructuosa si no fuera por su difícil sostenibilidad. La Saetera hacía entrada con su fardo de tabaco en el despacho del Teniente Mirilla.
- ¿Se conocen? -. Esgrimió el Teniente con sorna.
- ¡Por un puñadito de reales!
Traicionar no era así la maña a la que aspiraba su amante y delator. Dada la circunstancia pertinente a la que se confrontaban, Salvador Leone auspició ante tanta convenida inoperancia reservarse un unívoco oculto a salvaguardar a sus héroes protagonistas. Así pues Carmen habría de estar indemne incluso al encontronazo del propio oficio extraliterario de su vida.
“El desenlace de Carmen la Saetera”-.
Montando los caballos a prisa dejaban así al Teniente estrangulado en su despacho con el fardo de tabaco abandonados en el suelo. Cabalgaban a galope antes pues que les alcanzaran sus subordinados. La Saetera protegía a su dramaturgo francés. Tiroteaban. No había muchas municiones. Conocía bien los recovecos de las montañas. Salvador Leone iba a su cubierto. Aquellos derribados le proporcionaban otras armas con las que combatir. Los guardias pronto hubieron de desistir. Algunas bajas y regreso al cuartelillo. Ahora Salvador Leone era por un puñado de sucios reales un prófugo contra la ley. No así la estratagema a declarar, en su caso, no habría de ser muy abnegada para nadie. Salvador Leone se hería de un brazo. Ya en los adentros de la serranía ambos furtivos aún se deseaban aún más que si a sus salvedades las capturaran contra sus retenidas voluntades.
… El primer pistoletazo anunciaba los adentros en la tierra de los bandoleros. Al fin en casa y protegidos.
- Hemos matado al Teniente Mirilla.
- Traerá graves consecuencias…
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El Padre Menas se afanaba en procurar que los sucios reales recabaran sobre el ataúd del Teniente Mirilla. El cuerpo no andaba muy boyante. Los escasos medios reparaban apenas para los salarios y el mantenimiento. Si no fuera por las donaciones suscritas a Madrid por algunos terratenientes y otros ciudadanos liberales, la Guardia Civil no subsistiría en España. El Teniente Mirilla tendría un sepelio honorífico. El Padre Menas subía al monte con su comitiva de bandoleros. Anunciaba así pues las posiciones ante los objetivos de los persecutores y las decisiones mediante a esto del alto clero en su rigorosidad. El Padre Menas se entrevistaba con Pasos Largos que atendía sus ponencias con cauto interés. Las planificaciones dispuestas para el apresamiento de los bandoleros más peligrosos, cuyo acoso delataría así a otros bandoleros, sin registrar en las listas de busca y captura por sus aún ocultas fechorías, en cubierto por la asistencia de sus camaraderías, se abortaban por sus continuas filtraciones sobre los sobornos puntuales, justificados a los efectos del servicio inconsecuente propiciado para los más pobres y necesitados. Dada así esta vulneración de la ley, la Guardia Civil apenas se reservaba la suerte para combatir contra el mal.
Salvador Leone tomaba nota de cuantas costumbres y sucesos por más insignificantes que se le mostrasen reseñara por la apasionada historia viviente que así en sus labores le implicaba hacia límites inexplicables. Él más que Carmen comprendía que la realidad era inexorablemente otra diferente a la toma de sus apuntes. El Teniente Mirilla tendría así un recuerdo heroico. Sin embargo para Carmen la realidad se componía de otros ruegos. Salvador le explicaba que proporcionar una visión mediática en París de los aconteceres a propalación, exigía la renuncia a participar sobre la implicación en estos hirientes y fundamentales hechos. Su eficacia padecía pues por sus privaciones y las intolerables ausencias. No así su atracción por Carmen era real, aunque así ella se encelara. Ella sabía que por su sentir estuvo a punto de dar la vida, y que además de quedar herido de un brazo, estaba de manifiesto cual era para él cual era así su parte protagonista. No así Salvador Leone era un agraciado dramaturgo. Salvador Leone, el dramaturgo francés, asistió durante veinte años las serranías rondeñas en busca de pesquisas que narrar. No así el amor y la justicia se fundían en una misma premura. Sin embargo su estreno en París no dislocaba.
El Padre Menas le insistía pues en que se cuidara sus espaldas, y renegara así un poco a tanto amor salvaje. El Padre Menas asentía que esas fábulas no eran tan efectivas en su apariencia, y que su salvaguardia podría durar muy poco. De momento ya se había convertido en un furtivo. Iba a ser muy enjundioso liberarle en su deportación a París. Lugar donde estaría en su ambiente adecuado. Allí es donde debiera encontrar sus satisfacciones. Sorprender así como dramaturgo en sus correrías y aventuras no eximía pues de la responsabilidad de cumplir con sus deberes como ciudadano. La carta libre que le propiciaba esta ligera profesión tan elogiosa no contrarrestaba sus debilidades y peligros. Salvador Leone omitía las advertencias del Padre Menas, que se revelaba en nombre de todos. La obra habría de ser un éxito así como el destino de Carmen la Saetera incierto.
Asistiría al estreno de todas, todas.
Después de veinte años de literariedad, el destino arribó la diligencia a las mismas puertas del teatro ante su apremiante estreno, una ensoñación incontrolable e intransferible.
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Los Guardias Civiles habían accedido al campamento. La masacre fue tremenda. Algunos bandoleros fueron apresados, otros ingirieron sus venenos. Pasos Largos fue encarcelado y ejecutado. Carmen la Saetera fue arrestada y recluida por un puñadito de reales que se proporcionaron al Padre Menas. Así a esta instrucción trató así de recomponer sus extensiones a la fuerza convalidable de los más pobres y necesitados. Sin embargo el golpe había sido fuerte, y hubo de remontar aquí por otros vericuetos. Salvador Leone estaba retenido. El Comandante Campos Stela se encargaba del interrogatorio. El Padre Menas interrumpió. El Padre Menas asentía por la continuidad de las estrategias de Salvador Leone. Aquí no habría más provecho que invitar a Salvador Leone a viajar a París a presenciar su estreno. Una última partida. Allí ultimaría pues los detalles del proyecto; censura y propaganda. Sus ganancias reportarían beneficios a la integridad de la comunidad de los más pobres; la Guardia Civil. No así la complicidad con el dramaturgo se delataba a su complot.
Una vez que se hubo de transferir las diligencias del caso a los altos mandos, y se obtuviera su confirmación, Carmen la Saetera recibía un puñado de reales por su nuevo compromiso y salía de los calabozos. El Padre Menas mediaba a estos renacimientos en comunión y obediencia con el alto clero. Carmen la Saetera ingresaba en el cuerpo de la Guardia Civil a petición pues de sus propias instrucciones. Salvador Leone confirmó así un final inesperado que propiciaba sus pretensiones. Salvador Leone estrenaría en París. Habría de reconocer la habilidad creativa de estos sus extintos bandoleros que le pusieron fácil el diseño de los personajes y el entramado de la historia. El Padre Menas acompañaba a su dramaturgo en la diligencia a recibir sus merecidos honores. La misma Carmen insistía en continuar así con sus servicios pues era su vida misma la que se nos ofrecía a defender como un grito de dolor y rebeldía contra la sumisión al poder dominante del mundo entero. Salvador Leone se explicaría con eficiencia, y con un brazo menos. «Ésta fue así su primera confidencia».
Los amantes se reencontrarían.
El Padre Menas que en un principio había sido contrario a la utilidad de los servicios dramáticos de Salvador Leone, no sin embargo no hubo a su vez entre otras más opciones plausibles que la admisión de sus continuas determinaciones a los efectos de sus pláticas. La propia Guardia Civil exigía su inmediata deportación por intento de homicidio una vez cumplimentado las celebraciones en su oficio. Carmen insistía en que su brazo herido era la prueba consecuente de su complicidad al Teniente Mirilla. Asimismo lo tomó por rehén y huyó. No había otra culpa pues más que la suya misma, y en este sentido el Padre Menas comprendía y aceptaba la jugarreta.
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Al atravesar los montes catalanes Perro Gordo asaltaba la diligencia. Perro Gordo era un bandolero tardío que no actuaba con la Iglesia. Es más, Perro Gordo no asistía a los pobres si no fuera así para su propio beneficio. Se alegró de encontrar entre el pasaje al afamado dramaturgo manco. Se había convertido en una celebridad entre los poblados montañeses de la península. Pagarían muy bien su rescate. El campamento de los rondeños había sido exterminado. Así que quien quisiera fiesta que pagase sus impuestos a quienes proporcionan el divertimento. A esto Salvador Leone prorrogaba una “segunda parte” si no se daba aquí así a su final con firma póstuma. Salvador Leone estaba realmente aturdido y conmocionado. Perro Gordo les hizo salir de la diligencia. Robó a los otros cuatro pasajeros y les asestó la muerte inminente. El Padre Menas no se retuvo y le propinó una bofetada. Salvador Leone se amedrantaba así como una presa de caza arrinconada. Le estremeció la valentía del Padre Menas. Salvador Leone en su vida había visto un criminal tan canalla y sanguinario. Perro Gordo le devolvió la bofetada y le insistió que callara, ni predicara ni practicara sus evangelios si no quería encontrarse con la muerte y su señor Dios en un santiamén. Una más y estaba pues en su huesa para la eternidad. No quería altercados con la Iglesia, decía. Perro Gordo se dirigió a Salvador Leone como a un trofeo. Le instó a firmar un rescate que la misma diligencia habría de entregar.
«Mi querida Carmen, estoy aquí retenido en los montes catalanes por el bandolero Perro Gordo.
Exige un rescate por mí para ponerme en libertad.
El Padre Menas está conmigo. Me hace compañía.
Pónganse en contacto con él. Les dará las instrucciones para mi regreso.
En cuanto a mi estreno en París que no se alarmen.
Pronto nos presentaremos…
Que actúen sin mí y expliquen el suceso».
Carmen recibía su misiva. Sin más mediaciones tomó armamento, una montura y se puso camino a los montes catalanes. Una cuadrilla de la Guardia Civil la perseguía. Dejándose alcanzar le expuso la situación. Habían apresado a Salvador Leone, cuestión que consistía para ella en un hecho personal. La cuadrilla decidió cubrir a su recién incorporada confidente a más que se implicara en el crimen del Teniente Mirilla. Perro Gordo estaba más que reclamado. Su enemistad y sus aversiones confirmaban la fidelidad al cuerpo del afamado dramaturgo. No así serían varias jornadas hasta llegar así a Cataluña y habría que repostar en algún que otro cuartelillo. La ayuda era primordial a la captura de este sanguinario bandolero. Si Carmen había decidido acabar con él no había más que secundar sus servicios. El Comandante Campos Stela consentía su coraje frente a la impunidad de los resolutos hechos a facilitar. Había que resolver intrincados ante el juez no hilvanar conjeturas irresolubles.
Carmen despedía a su cuadrilla de Guardias Civiles. En un plis plas tendrían en sus calabozos a Perro Gordo y sus secuaces. Salvaguardar a su poeta era tarea esencial. No así pues Perro Gordo recibía a Carmen la Saetera con especial predilección. Sabía que había perdido a todos los bandoleros rondeños en una emboscada imprevisible. Pensaba que trajinar alguna estratagema con ella pudiera ser así muy ganancioso. Carmen le sugería que recobrase la libertad de Salvador Leone. Perro Gordo asintió no sin añadir que se pagase una cuantiosa dote por ella misma a su vez que permaneciera en los montes como una más de la cuadrilla. Todos sus bandoleros para él recobraban así pues un precio infranqueable. El Padre Menas que habría de dar cumplimiento fidedigno de estas entregas exigió su liberación y su tutela. Es a esto que el Padre Menas exponía intransigente que nunca dejaría a solas a la Saetera, alma caritativa que no habría de servir de gancho a un sanguinario. Perro Gordo comprendió que estaba dispuesto a pagar en su caso un subsidio a la Iglesia. De parte de la Saetera. Perro Gordo era listo. Pero el Padre Menas lo era aún más. Y esto Carmen lo sabía y ni lo dudaba.
Salvador Leone iría a su resguardo al rencuentro de las gracias de su estreno, y el Padre Mena hubo de acatar la decisión, aunque con sus reservas. «El amor para él era mucho más importante que un estreno en París». Así Carmen la Saetera por sí misma se restablecería en sus obligaciones con las confidencias a la Guardia Civil. Así sea pues los planes de todos convenidos. Esta oportunidad les serviría para avanzar ante el indemostrable desenlace de una guerrilla sin tregua ni final a su pacificación. Ella hubiera preferido concurrir con su dramaturgo a Paris que permanecer secundando a sus filas paramilitares en este nuevo estado de las cosas que preveía. Sin embargo Salvador le insistía pues en que en España ella se comportaba como incluso necesaria e imprescindible. El Padre Menas marchó en diligencia a París no sin confirmar con su predilecta Carmen su plan de fuga. Salvador Leone en libertad camino de París, entraba en el teatro de la Ópera por toda su pundonorosa reputación. Después de la representación los críticos afilaban sus cuchillos unos contra otros. Los plumines esgrimían sus opiniones literarias a servir a la prensa en una carrera atroz. Las impresiones de los periódicos contenían las críticas finales de los electos más afamados. Salvador Leone de todas, todas, había triunfado. El retrato de la España profunda estaba de moda en Francia. Había logrado describir desde sus vivencias personales una narración también profunda de la vida de sus serranías y sus poblados aledaños que así la emoción del público decantaba por su muestra de hospitalidad y la transgresión moral de unos valores civiles. No así se programaba tras el éxito una segunda parte que incorporaría las desatenciones de Perro Gordo y otros sucesos no registrados. Estos desengaños al público le resultarían increíbles. Consecuencias de la fricción general.
Carmen trataba de acorralar a Perro Gordo para quitarle la vida. Sus propios bandoleros le temían, tanto así que no había ni sucesiones ni propiciaciones para dar con su lado transversal. Uno de sus bandoleros, el Corta Chanclas, estaba realmente enojado y enfurecido con sus mandatos. No sabía cómo dar fin a su gerencia y así entablar las gestas con nuevas artimañas. Así que observaban estos secuestrados era pues fácil instaurar la discordia contra Perro Gordo. Sembrar la desconfianza y el espanto creaba la desunión imperante para arrebatar las imposiciones a derogar. Había llegado el momento de actuar aquí por una nueva vez. El Padre Menas se impacientaba. Carmen estaba preparada para inaugurarse con esta cuadrilla. La muerte de Perro Gordo se avecinaba inaplazable. Así ante el asalto, Carmen la Saetera, se dispuso pues a la conspiración. Pasó a cuchillo el gañote de Perro Gordo. El plan perfecto. Carmen no era ninguna diletante. Es más, estaba poderosamente instruida en sus lides. El Corta Chanclas erigía a Carmen pues como un líder que a su vez renunciaba por nombramiento de éste mismo paciente y valeroso Corta Chanclas. Pese a los encomios Carmen se decidía así pues a lo acordado con el Padre Menas. Realmente era tentador permanecer liderando esta nueva familia. No sería muy difícil aprender sus costumbres y sus paisanajes. La disposición a satisfacer los bienes y adquisiciones de los más pobres y desfavorecidos se secuestraba en tanto que los órdenes se decantaban por la inclusión de mejoras sociales y económicas que hasta el alto clero proveía en una nueva evangelización a implantar.
El Padre Menas atendía con efusión las impresiones provocadas entre el público parisino. El Padre Menas estaba muy instruido y hablaba varios idiomas. A pesar de pertenecer al bajo clero, por petición propia, su formación respondía a la estipulada para el alto clero. El Padre Menas se desenvolvía afablemente entre los asistentes que para él constituían un importante cuerpo a consagrar. Salvador Leone estaba impresionado. Fuera así quizá una figura aún más distinguible de lo concerniente. La Iglesia iba consigo donde él iba. Salvador Leone tomaba nota de cuanto se le revelaba acorde a estos hechos. La curiosa prominencia de espectadores y la destacable ilusión resignificada de la historia presente en el escenario asombraba con lacónica parquedad la exhibición a la francesa de las españoladas descritas en el Teatro de la Ópera de París. El Padre Menas se deslindaba de acometer comentarios ajenos a su jurisdicción en tanto que se negaba a participar en los hechos como recreador de los mismos. De regreso pues a Ronda la comitiva hacía paro en Barcelona a festejar las aclamaciones parisienses. En la Serranía catalana Carmen la Saetera aguardaba el regreso de su predilecto hijo de los pueblos de los españoles, así su dramaturgo francés en funciones de noches y cohabitaciones. Las noticias iban puntuales entre los periódicos de toda la península y el resto de las partes imperiosas de Francia. El Padre Menas no más que reconocía la importancia que pudiera acontecer este espectáculo en la orientación espiritual como requisito fundante de un nuevo orden que aunque perecedero, dominante. A saber pues así sus influencias en Europa.
Manos a la “segunda parte” custodiados por la Guardia Civil, éstos dos amantes y el casamentero recorrían la costa hacia el regreso de su destino. Así pues en el cuartelillo donde el Teniente Mirilla recibía sus peligrosos fardos de tabaco Salvador Leone instalaba su oficina y su teletipo. Las impresiones de ida y vuelta servían asimismo para solicitar los avituallamientos de la oficina así como intercambiar y reenviar comunicados. Salvador Leone extendía su asalto a las costumbres españolas en primicia. El Padre Menas aprobaba la relación.
El correo y las diligencias transitaban sin obstrucción a más que el progreso unía el ferrocarril a estos adelantos improrrogables.
… El Padre Menas cada primavera entraba en Sevilla a ofrendar un puñadito de reales a la salvedad de la Hermandad del Carmen. Oblación por estos sus pupilos al cumplimiento de sus gracias, y contra el innecesario vicio del tabaco y otras majaderías.
FIN
© ANDRES PABLO MEDINA
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