UNA APROXIMACIÓN A UN TEATRO DE CARNAVAL

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APROXIMACIÓN A UN TEATRO DE CARNAVAL.-

 

 

            La locura como transgresión del mal instituido se expresa en la necesidad del Hombre como el festejo de una celebración de la disidencia. Su aversión por las agregaciones apolíneas, que fomentan el desarrollo cultural, las confronta como antagónicas en cuanto a sus aportaciones estructurales. Las exculpaciones propaladas por la devoción a la divinidad sígnica, en tanto a la corporeidad conjuntiva en sus diferencias participativas, implican la institución no tan sólo del orden sino de lo impostado por necesaria conveniencia. Aquí Momo surge en la definición divina de la locura en su grado más excelso y egregio, no sin que a través de su propia sacralización se pretenda la expiación de la locura más inhumana. Momo es así el dios del Mal. Es así como la inconsecuencia obtiene la consecuencia frente al rigoroso orden apolíneo que se somete por su insostenible presunción sustancial. Apolo no es el dios del Bien. Sin embargo, actúa como su mejor estratega. A esto Momo se supedita a la deconstrucción de la discontinuidad del arquetipo en su informalidad. Las máscaras advierten la presencia de la representación de lo establecido. Carnaval y teatro se ofician alrededor de un aquelarre o entroido que en su celebración expían la invocación de la locura.

            Es la manifestación apolínea por la que se instauran las estructuras tradicionales no exentas al carnaval y otras conmemoraciones. Animales y tipos deshumanizados, por la fantasía y la evocación en su adopción de una identidad en la participación social, humanizan la estructura cultural a través de ritos dramatizados. El Hombre en sus orígenes se refleja de su propia constitución. Es así que teatraliza su propia idiosincrasia al congregarse en su cultura. Surge la locura como detrito característico en esta correlación. Trasciende así el carnaval y el teatro sobre la ordenación de esta transgresión a su continuidad. Momo es el dios ancestral originario que convoca los adeptos unívocos del teatro, el carnaval, y la locura, orígenes del encuentro Humano. Es esta tríada que se muestra como una expresión sobre sí misma, tan sólo deconstructiva en la influencia apolínea estructurante de las tradiciones e instituciones y sus renovaciones sobre el desarrollo cultural. Teatro, carnaval, y locura, encuentran aquí su cauce a la innovación, y su perfeccionamiento.

            El teatro en su aculturación promueve una expresividad autónoma en cuanto a su disposición para transgredir los elementos estructurales de la cultura y sus instituciones. Asimismo, el carnaval y la locura continúan en su irracional convergencia sobre la celebración de los primeros ritos gregarios de la Humanidad. Es así que el Hombre al reunirse y recrearse en la cultura establece un rigoroso orden ritual de socialización donde expía las enfermedades y frustraciones y así contrae su participación etnológica. Aquí Apolo aún exige sobre el desarrollo de estas instauraciones fundantes, una consagración civilizadora. El carnaval y la locura se inscriben en el desarrollo cultural como contracultura, la cual aporta desde su aversión el contrafuerte de propulsión a la misma. Es así la necesidad del Mal. No así el mismo dios Momo difiere la locura como una aberración de inconsecuencia alienante. Esta naturaleza divisoria y eliminatoria de la locura, propone ante su dimisión de la díada con el carnaval, el afianzamiento de una creatividad que el dios Dionisos relevará sobre la exposición de la tragedia clásica.

            La politización de la tragedia en Atenas culminará una tradición religiosa que se inicia en los albores de la Humanidad. El teatro en Atenas se distingue de la actualidad, así como también se distingue de la expresión de su carnaval y sus festejos. Es propio discernir que las obras de teatro de las festividades griegas se escribían para ser representadas por sólo una vez, en tanto que se ofrecían al dios Dionisos más que a la satisfacción pública, como se hace en nuestro actual mercado. No así, el carnaval en nuestra actualidad, en general se puede entender que se regenera cada temporada, y que sus obras se crean para su consecuente exposición. Tal como el teatro en la antigüedad. Existe pues así un intercambio notorio en la estructuración de estos cultos por influencias apolíneas de las diversas tradiciones dionisíacas. El carnaval en Atenas era de carácter orgiástico, y estaba unido a la celebración de las representaciones teatrales. La expiación maníaca o catarsis, propia de la tragedia en su instrucción apolínea, se oficiaba con toda la brutalidad inhumana y precultural. No así el carnaval aún mantiene reminiscencias al respecto de una locura inextricable en tanto a su conformidad dionisíaca.

            Es así, por tanto, que la locura, que queda relegada a la medicina alopática en su culto asclépico, encuentra así sus disertaciones formales en nuestra actualidad. Del mismo modo, el carnaval y el teatro se enfrentan a la expiación y a la therapeia colectiva. Un teatro de carnaval habría de proponer una dramaturgia convencional sobre el lirismo tradicional para una transferencia universal. El arquetipo, tipo, o personaje, más o menos identitarios, ya sean fantasiosos o recreados, se someten aquí a la acción de un drama suscrito a la temática de las composiciones carnavaleras. La locura, así obsoleta, se atiende con la misma therapeia colectiva que el teatro en su más apolínea manifestación. Así como surgen las arteterapias, surgen de las nuevas tecnologías nuevos medios y modos para estos cultos de la recreación. La división perpetrada entre carnaval y teatro por la participación orgiástica frente a la expectante supone la detección de la catarsis, así como la ingresión del aquelarre y la locura en su extinción ritual. No así la declinación divinal de la tragedia en su historiografía suscita tanto al carnaval como al teatro propios a la tradición y la endoculturación en la alteridad de sus tendencias apolíneas o dionisíacas. Más allá de la sacra religiosidad o más allá de la politización de mecenazgos, el teatro y el carnaval subsisten sin dependencias por una diferencia de origen y contemplación.

            Es en la actualidad neocontemporánea que se supera el antagonismo aversivo de actores y carnavaleros con la autoridad social y cultural. El binomio carnaval y teatro, una vez desprovisto del Mal, conforma, ante los nuevos medios y modos, al convenio de una confraternización no excluyente, el regreso a su conjunción inicial. Se exime la locura, que, por siempre de marcado carácter dionisíaco, se considera inscrita y ubicada sobre el culto a Asclepios por su deferencia apolínea. Es así la medicina alopática, que se inicia en estos misterios, la intervención aversiva contra el Mal y las enfermedades. No obstante, el carnaval y el teatro se reunifican en sus aspectos apolíneos como políticamente consecuentes. Al igual que la tragedia griega, un teatro de carnaval proporciona la expresión de la inconsecuencia en su denuncia sin la censura de la autoridad moral. Es la vox populi que se retribuye. Expreso tal cual convenio dramatúrgico, no por su estilo ni por su temática sino en su género, más allá de una literatura, un cine, o una performance, en propaganda, el teatro de carnaval supera la tradición historiográfica de textos y técnicas teatrales para reformar la escena en una relación de personajes y situaciones entre el verso y la lírica para un público que participa en su función como recreador de la misma, elevando el texto del autor y la improvisación del actor a sus necesidades escénicas. Así el carnaval suscrito al teatro localiza la manía y la catarsis sin más desafuero que la integración del espectador en un carnaval de relatos.

            Esta consagración actual en su uso aún defectiva se muestra en tanto que las nuevas tecnologías reclaman nuevos posicionamientos. La consumación de los avatares de la Humanidad en estos nuestros días sugieren conclusiones a nuestras dilemáticas. Es así que se provoca un caótico desorden en la reforma de la estructura cultural y su adaptación. En todo caso, estas estructuras, que se interrelacionan en su cualificación, encuentran asimismo la fórmula o fórmulas a subsistir.

 

 

EL AUTOR: ANDRÉS PABLO MEDINA

 

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