LA ESQUIZOFRENIA (RELATO COMPLETO)

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LA ESQUIZOFRENIA

El Autor: Andrés Pablo Medina

         Su manía era saltarse las páginas para ser el primero en haber leído el libro. Ludwig Kher tenía una imaginación prodigiosa. En todo caso, su experiencia suplía unos defectos pulidos a golpe de martillazos. Kher había leído tantas novelas que ni las más innovadoras le resultaban incomparables o incluso sorprendentes. Era un editor inteligente y pertinaz, aún joven, pero, a pesar de su exigua formación, un profesional. Aquella tarde de abril, el sol resplandecía y algunas ventoleras acariciaban suaves el rostro y los árboles de la alameda. Las manos frías y sin guantes buscaban los bolsillos cuando no se ocupaban en manosear sus libros. Como cada viernes, había llevado trabajo a casa. Reparó en un libro cuyo título le cautivó, aunque no demasiado: «‘La esquizofrenia‘. Pudo observar que el ejemplar estaba dedicado a él, personalmente a él, así que se sentó y leyó algo antes de proseguir con su paseo de vuelta a casa. Entonces Ludwig Kher quedó atónito. Saltaba las páginas despavorido. E incluso ojeó sus partes finales. Ludwig Kher estaba leyendo su vida desde principio a fin. Alguien le había enviado el guion de su existencia. Así que iba a tener oportunidad de conocer cuánto le sucediera:

«Cerró el libro: “Apenas restaban dos horas para concluir con la acción. Suspiró. En su redacción se describía cómo iba a ser asesinado por sí mismo. Inculpado y conducido a prisión por la muerte de su propia persona“. Entonces, lanzó una carcajada atronadora. Era una gran historia, sólo que a nadie podría interesarle más que a él. ¿Quién habría investigado tan intensamente su vida para escribirle una novela? Apagó la luz y durmió hasta el día siguiente.

La ciudad estaba alegre. Era sábado y los niños correteaban por la alameda. Como cada sábado Ludwig Kher fue a leer a su banca favorita:

“No hizo abrir ninguno de sus libros cuando se sentó a su lado un señor muy gordo que fumaba un puro.

-Buenos días…

-Buenos días…

Kher se inquietó. Ojeó su libro, adelantó algunas páginas y comenzó la lectura.

“Ludwig Kher yacía tendido en la cama completamente muerto. Sin embargo, había logrado arrebatarse la prueba que le inculparía.”

Ludwig Kher, que estaba sentado en su banca, se estremeció. ‘La esquizofrenia’ se había dado inicio justo en su manía de saltarse las páginas de los libros. Miró al hombre gordo que fumaba su puro.

-Continúe, señor Kher.

-¿Cómo?,- exclamó el señor Kher.

-Se lo repito, señor Kher: continúe,- respondió el hombre.

-¡Nunca he leído porque me lo dicte un loco!

-Pues hágalo por salvar el pellejo…

Ludwig Kher, que aún estaba sentado en su banca, suspiró:

-¿Piensa usted novelar cuantos sucesos se sucedan de ahora en adelante?

El hombre esgrimió su puro y fumó con desdén.

Ludwig trató de recapacitar. Era sábado por la mañana. Ayer, como cada viernes, había tomado tarea para realizar en casa. Recogió algunos libros de la editorial, y, entre ellos, estaba ‘la esquizofrenia’. Hasta aquí todo bien, todo comprensible. Los problemas comienzan cuando empieza a leer este demoníaco relato. Al parecer, debe ser obra de un psicópata que se ha preocupado de indagar en lo más íntimo y preciso de su vida. Ha recopilado todos los datos y hechos y los ha redactado en una novela. Luego, y he aquí la gran cuestión, ha configurado un destino que pretende efectuar, manipulándome como si fuera, exactamente el personaje de una novela, su novela.

-Oiga, voy a denunciar esto a la policía, ¿me oye?

-Yo soy la policía.

Ludwig sorprendido se retorció: ‘No sólo tendría que vérselas con su propio cadáver antes de morir sino que él mismo sería la mano ejecutora de su propio asesinato‘.

-¿Quién está tramando esta insensatez? ¡¿Podría usted responderme?!”

Ludwig, levantó la cabeza unos instantes, e hizo una pausa en la lectura. La alameda estaba serena, como cada viernes. Tuvo la tentación de saltar algunas páginas, y adelantar el final, pero continuó aferrado a la lectura firme del relato. Estaba conmocionado. Se trataba de una historia bien construida. Con recursos y estructurada. Sin embargo, consideraba que se trataba de una fábula intimista. Su temática no podía interesar a nadie más que a él, que como editor avezado podía discurrir con facilidad esta cuestión. Kher cerró el libro y marchó a casa.

…“Apenas restaban dos horas para concluir con la acción. Suspiró. En su redacción se describía como iba a ser asesinado por sí mismo. Inculpado y conducido a prisión por la muerte de su propia persona“…

Apagó la luz. La novela daba vueltas en su imaginación: ¿Quién es el autor de este dislate? ¿Cómo sabe tanto sobre mí?

Kher, aún incrédulo, se durmió…

Ludwig Kher dormía. Sólo restaban dos horas para morir e ir a prisión por su propio asesinato, y, sin embargo, Ludwig Kher dormía. Era sábado. La mañana estaba soleada, y Kher fue a sentarse a leer a la alameda. No hizo más que abrir el libro cuando se sentó a su lado un hombre muy gordo que fumaba un puro.

-Le estaba esperando, señor Kher.

-¿Es usted policía?

El hombre gordo fumó impetuosamente.

-Usted está soñando, señor Kher. Pero cuando acabe de dormir y vuelva a la realidad, todo cuanto haya soñado sucederá. Este es un sueño premonitorio, señor Kher.

-Y dentro de una novela…

-Eso es anecdótico.

-Bien, de acuerdo. Esperaré a ser asesinado por mí mismo. O visto de otro modo, prefiero ser el asesino. Aunque vaya a prisión, salvaría la vida.

-Se trata de usted mismo…

Sin embargo, Ludwig Kher temía tanto por su propia vida, que aquella otra le parecía ajena.

-Aunque se trate de mí mismo, estamos hablando de mi vida y asesinato.

Ludwig Kher lloró: ¡Cómo podré hacer algo así! ¡Cómo podré ser capaz!

Se lamentaba desconsolado como quien por la culpa arrepentido no se contiene.

-Señor Kher, yo no le creo culpable. Estoy aquí para evitar que ingrese en prisión.

El señor Ludwig Kher se resopló la nariz, y con cierto tono conciliatorio se dirigió a su amigo el policía:

-¿Dice usted que un sueño?

El policía asintió con confiabilidad.- Un sueño… ¡premonitorio!

*

Ludwig Kher se volteó en la cama y carraspeó. El despertador marcaba las tres de la madrugada. La novela se encontraba en la mesita de noche, bajo el vaso de agua. Continuó durmiendo…

“Kher, continuó con la lectura“.

…Eran las tres de la mañana cuando se despertó. Ludwig Kher estaba tendido en la cama; parecía dormido: “Se acercó a la víctima con sigilo y prudencia. No quería importunar su sueño. Era preferible no despertar. Así moriría con más presura. Se montó como un súcubo sadomasoquista estrangulándose hasta la extenuación. Sus manos apretaban el gañote con placer y profusión. Y aleteaban como las aspas de un molino quijotesco en busca de una fábula que le liberara del suplicio. Halló el libro bajo el vaso de agua que fue a parar al suelo. Y luego de darse dos o tres inocentes golpes con el libro en la cabeza, allí se murió por su propia aprehensión.“.»

El relato a opinión de Ludwig Kher, editor infalible, es una nadería. El equilibrio entre verosimilitud y casualidad no se logra ante una trama pretenciosa para una pluma aún torpe y diletante. Carente de sentido, nos precipita a la lectura abrupta de inconexiones discordantes que rematan en un final nada convincente, y, especialmente, caótico, fuera de toda realidad comprensible, inclusive la literaria.

El señor Ludwig Kher redactaba su informe sobre ‘la esquizofrenia’ cuando recordó lo que había soñado aquella noche. Parecía increíble, pero recordaba haber soñado exactamente el sueño redactado en las líneas de la novela: “Se había asesinado“. Estaba verdaderamente exasperado por este asunto.

Era sábado por la mañana, los niños jugaban en la alameda, y Ludwig Kher había ido a leer a su banca favorita. Allí le estaban esperando:

-Buenos días…

-Buenos días…

-¿Es usted el señor Ludwig Kher?

-Efectivamente, soy yo.

-Yo soy Ka. El detective Ka.

-¿Es usted policía?

El señor Ka sacó un puro, y al encenderlo, asintió con parsimonia.

Kher, inquieto, comenzó a leer…

-Señor Kher…

-¿Sí, señor Ka?

-Lo siento. Pero sepa que creo que para mí usted es la verdadera víctima.

-¿De qué me habla?

-¡Queda usted detenido en nombre de La Ley por la ejecución de su propio asesinato!

Un sudor frío recorrió su piel:

-¡Sólo fue un sueño!

-Y también una novela…

Entonces aparecieron cientos, miles de policías armados por todas partes.

-¡Es una trampa! ¡Yo soy el editor Ludwig Kher…! Y no he asesinado a nadie.

-¡‘La esquizofrenia’ estaría muy bien, señor Kher, si fuere sólo ficción, literatura! ¿Me comprende? ¡No una novela llevada ni al cine ni a la realidad!

Kher estaba perdiendo la cabeza. Se le saltaba el corazón. Estaba siendo esposado y conducido a prisión.»

*

Kher levantó la cabeza al finalizar la lectura. Miró a los árboles de la alameda, al cielo. Reparó en los niños que jugueteaban, y suspiró. ¿Quién conocería tan bien sus costumbres? ¿Algún compañero de la editorial? ¿Será alguna broma de sus superiores? ¡Querrán saber hasta dónde soy capaz de dilucidar un relato! ¡Hasta dónde llega mi imaginación y mi perspicacia!… Una relación de narraciones de reiteraciones cotextuales superpuestas… ¡No soy ningún inocente!, replicó. Ludwig Kher configuraba su informe cuando se le frunció el ceño. Recordó que aquella noche había soñado que se asesinaba. Una graciosa coincidencia, una presuntuosa casualidad que no mostraba más que su gran dote e intuición para reasumir su trabajo como editor; y cómo mejor que con un instructivo sueño: «Era sábado por la mañana. El sol diáfano de la primavera se acompañaba de un viento suave y fresco. En su banca se sentó un hombre muy gordo que fumaba un puro.

-Buenos días, señor Kher…

-¿Es usted el señor Ka? ¿El detective Ka?,- preguntó sonriente Ludwig.

-Sí, señor Ludwig.

Kher, amablemente, le entregó el relato.

-Lea usted. Como comprenderá no voy a asesinarme a mí mismo.

-Esta es la prueba que necesitaba…

-¿¡La prueba!?

Kher se inquietó.

El señor Ka sacó unas esposas.

-¡Queda usted detenido por el asesinato del editor Ludwig Kher!

-¡Yo soy el señor Ludwig Kher!

El señor Ka parecía compadecer tanto a aquel cadáver que no reparaba en quien tenía delante.

-El señor Ludwig Kher ha aparecido estrangulado esta mañana en su cama. ¡Y usted es su asesino! ¡Es usted un impostor! ¡Un psicópata y un canalla impostor…!

-¡Ese cadáver es un testaferro! Yo soy el señor Ludwig Kher…

El señor Ka, con el relato entre las manos, se confirmaba que el caso estaba resuelto. Este pobre miserable, fuera quien fuese, aun siendo el asesino del editor Ludwig Kher, no era más que una víctima de sí mismo, de su propia maquinación, de su locura imparable. Su informe sobre el caso, incluiría el relato ´la esquizofrenia’ para revelar los hechos y explicar la conducta del inculpado.

El señor Ka se entrevistó con él antes de enviarlo a prisión:

-Señor Ka, créame. Yo soy la víctima. No he asesinado a nadie. ¡Soy Ludwig Kher y estoy en la banca de la alameda leyendo ‘la esquizofrenia’!

-Sí, ¡y la puta literatura!»

Kher miró a los árboles de la alameda. Los niños correteaban. Pero para su sorpresa, a su lado, había un hombre muy gordo que fumaba un puro. Una casualidad… una coincidencia consuetudinaria.

‘L. Kher sonrió. Y rebuscó en su bolsillo derecho. Ingirió su pastilla preferida. La del mercado negro. Y prosiguió con su estúpida lectura‘.

FIN DEL RELATO

PRIMER PREMIO.-

“PREMIO ESPECIAL AL RELATO MEJOR CONSTRUIDO”

VIII Certamen Literario y de Pintura de AFEMEN

Cádiz, Andalucía, España, 16 de Octubre de 2009.

 

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