ARTICULO SOBRE EL SIGNIFICADO DE LA FAMILIA

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ESBOZO A UNA HISTORIA DE LA FAMILIA EN LA HUMANIDAD

Por Andrés Pablo Medina

La familia es una institución social y cultural que determina las relaciones humanas. Es el primer estadio en el que el individuo conforma su personalidad y se relaciona con el otro como miembro del grupo o colectivo sociocultural al que pertenecen ambos. En ella se adquieren los roles sociales que forjarán la identidad del sujeto. El modelo de familia occidental contemporáneo es relativamente joven, y por consiguiente, aún inexperto. La familia se origina en los albores tribales como protectorado simbionte de los individuos que la conforman. Se trata de sobrevivir en el medio hostil. Se sucede el infanticidio tanto como el parricidio, sin embargo, la cohesión del grupo, el instinto humano por su gregarismo, logra la protección de la especie, que de otro modo, individualmente, hubiera sucumbido a la animalidad. Es el desarrollo de las culturas la que ofrecerá un paradigma aplicable de la familia. Cada cultura tiene su concepto de familia, y en una misma cultura pueden desarrollarse varias formas de la misma. La familia, históricamente, define la díada madre/hijo y establece las relaciones de poder con relación a la edad y el sexo entre los miembros gregarios del grupo, de donde emanan las categorías y roles sociales y familiares que ostentan los individuos en la comunidad que conforman. La familia es un órgano de reproducción, producción y consumo. Se organiza por lazos biológicos (padres, hijos, hermanos) o sociales (esposas, yernos) los cuales se determinan por las pautas imperantes colectivas. Existen dos modelos fundamentales de organización sociofamiliar: son el matriarcado y el patriarcado. Las sociedades matriarcales son regidas cultural y cultualmente por las Diosas de la Maternidad, las cuales ocupan el ámbito superestructural y canalizan las infraestructuras del grupo de parentesco, el cual se constituye por su descendencia reproductiva y productiva. Sin embargo, las sociedades patriarcales, son más complejas, y se organizan en función a la filiación y el linaje conyugal potestativo. Aquí, la reproducción y los bienes familiares y su producción, determinan el modelo de familia (la zadruga, la familia troncal, comunidades tácitas campesinas, etcétera). Debe distinguirse entre familia y grupo doméstico, pues este último es más amplio. La familia se constituye por el binomio padre/madre en alianza (unión social que va desde el matrimonio al coito nupcial), mientras que los grupos domésticos pueden incluir también personas sin relación de parentesco. El matrimonio es en la actualidad la unión familiar predominante, no sin embargo, el 25% de la población occidental sexualmente activa habita individualmente. Este regreso a la individualidad como institución orgánica de la convivencia sexual, los actuales métodos anticonceptivos, y su consecuente liberación sexual comportamental, sitúa a la sociedad y cultura contemporánea en una actitud vacua frente al sexo, que lo desnuda de todo interés íntimo y oculto, conformándose éste como una necesidad más del consumo de nuestras sociedades. La reproducción asistida, los embarazos “a la carta”, niños “probeta”, la manipulación genética, y los innumerables avances de la ciencia al respecto de la gestación humana, exigen una reestructuración de la institución familiar. Asistida o no la reproducción, el matrimonio se sucede pues con un fuerte afán moral y protector. Su función no es únicamente socioeconómica, sino psicosocial e incluso religiosa o superestructural a nivel cultural. Infraestructuralmente el 75% de los matrimonios establecen su residencia a menos de 20 kilómetros de sus residencias paternas. La interacción de los hijos casados con sus padres se realiza con eficacia y dependencia. De una y otra parte, se desea la cordialidad. Esta relación se intensifica cuando los padres alcanzan la edad de jubilación. Cuando el matrimonio conoce un fracaso o una crisis, se repliega hacia sus padres para recuperar la entereza. Los padres de los hijos casados, por lo general, apoyan el matrimonio. Cuando esto no es así, se puede considerar que el matrimonio está afectado en uno de sus pilares fundamentales; el consentimiento paterno es fundamental para el desarrollo efectivo del ejercicio de dicho matrimonio. Los padres, que cada vez son más dependientes del afecto de sus hijos, suelen fomentar su matrimonio y los lazos familiares con presentes destinados a hacer frente a las dificultades imprevistas o a mejorar el status de la familia de sus hijos. A su vez, los hijos de este matrimonio distinguen entre parentesco afectivo (parientes con los que se mantiene una relación de intimidad, por ejemplo, los abuelos), parentesco no afectivo (parientes con los cuales no hay contacto y de los cuales sólo se conocen un determinado número de informaciones) y parientes lejanos (de los que no se sabe nada, tan sólo que existen). No obstante, la relación madre/hija en la sociedad contemporánea se ve reforzada por las nuevas corrientes sociales en relación a la liberación de la mujer y a la flexibilidad de los vínculos matrimoniales actuales contraídos. La relación entre padre/hijo (hembra-varón) puede llegar a ser autoritaria. El deseo de sucesión patriarcal infesta a la prole familiar de transferencias volitivas. La figura paterna representa la conciencia, la voluntad, la independencia, el medioambiente. La madre representa el libre albedrío, el amor, la compasión, la protección y la seguridad, la familia. Estos roles se interceptan unos a otros, e incluso en la ausencia de estos progenitores, ya sea por muerte o por abandono, o por ausencia natural, existe una influencia en atención a la memoria imaginaria e histórica de estos arquetipos. El divorcio es una disolución del contrato conyugal concertado. Esta liberación formal ante la irreversibilidad matrimonial ha determinado las uniones conyugales. En las sociedades contemporáneas avanzadas, como Suecia, el matrimonio se ha extinguido prácticamente, y las uniones son libres. En nuestra antigüedad, lejos del tópico, las familias no eran muy numerosas, las segundas nupcias se sucedían continuamente. La alta mortalidad infantil y la mortalidad materna, junto a la moralización eclesiástica, equilibraba la sociedad al respecto de la organización familiar. Hoy, la baja natalidad de los países desarrollados, que se reconoce mejor como un aumento de la población adulta, los embarazos extramatrimoniales, que se multiplican con el uso, o mal uso, de los contraceptivos como expresión del amor libre, las familias monoparentales, que se constituyen en su mayoría por potestad y libre elección y no por viudez, conlleva para los recién nacidos una crisis de parentesco tradicionalmente familiar por un parentesco ‘nodriza’. Para estos es muy diferente estatutariamente no tener padre, ser huérfano o de padres divorciados. Fuere cual fuere la circunstancia, todos “venimos de París”, en cuanto a que la legitimidad sino muy reducida siempre es discutible.

En Alejandría, los antiguos griegos celebraban la noche del 5 al 6 de enero el nacimiento de un dios de luz llamado Aion, nacido de una Virgen, expresión con la que se designaba al nacimiento del hijo ilegítimo. Así la navidad cristiana se remonta a los orígenes anteriores a Jesucristo como divinidad o hijo de Dios. Aion y Jesús de Nazaret son simbolizaciones religiosas del heliocentrismo cultural, que responde e instaura un modo y modelo humano de ser y estar en el mundo. Es así consecuencia de la instrucción y propagación de mitos más o menos mixtificados, revelados o racionalizados. Este deseo de responder a una preexistencia o a un halo divino, con mitos infantiles o mitogramas, que nos reflejen la necesidad del individuo a integrar en la cultura su carácter humano, que se muestra consecuente a su existencia y realidad, a su humanidad, e inclusive su divinidad, conforma en sí el modo de ser y la mixtificación o la racionalización de sus mitos y el deseo de ser como necesidad superior.

La escuela ‘forma’ a los individuos (Estado), y la familia en su ambiente los educa (sociedad). En las familias contemporáneas biparentales, la esposa, que ocupa un lugar en la sociedad laboral, no comparte las tareas domésticas en igualdad con el esposo. Esto es debido a la existencia de un deseo de liberación por parte de la mujer, pero no un deseo de participación doméstica por parte del hombre. Sin embargo, sí existe el deseo de compartir la educación de los hijos. No obstante, los hogares actuales, con la electricidad y la televisión y la radio, han provocado una ‘convivencia familiar’ que en la antigüedad se restringía al exterior de la vivienda. Esto fomenta un repliegue de la estructura familiar, que ciertamente tiende a la participación en los cambios y la igualdad de género. Sin embargo, aún se sigue practicando cierto sexismo inclusive entre los hijos e hijas de las nuevas generaciones. Es la sociedad y la cultura, el mismo Estado, quien invoca estas diferencias.

La familia puede ser monógama o polígama, aunque esta última no está aceptada en algunas sociedades occidentales o avanzadas. No así, la monogamia, en algunas culturas, es síntoma de debilidad y escasez de poder social. En algunos casos, el matrimonio, puede ser homoparental (matrimonio homosexual) que surge en Europa entre los años 60 y 70, aunque este se inscribe quizá mejor en lo que se pudiera definir como «grupo doméstico». Los lazos familiares son resultado de una interacción entre un individuo y «su familia» (nodriza), y no intervienen en él los instintos ni la consanguinidad. Esto hace posible la adopción, y la “creación” de las relaciones familiares. La promiscuidad es una opción sexual cuyo componente cultural se inscribe en el desorden, el caos y la depravación. Del mismo modo la infidelidad y la deslealtad se institucionaliza en algunos grupos sociales y culturales de tal modo que, como tal, los individuos tratan de no ser reconocidos o conocidos en su cometimiento. Esto afecta al cortejo y su coito y a las relaciones sexuales en sí de un modo determinantemente neurótico para el individuo. La poliandria a penas se practica en grupos sociales o culturas muy concretas, de modo que por lo general, cuando se da en el patriarcado, requiere del consentimiento del varón. No así, cuando esta poliandria se muestra en una sociedad matriarcal, expresamente reducidas, las ocupaciones sociales y culturales relacionadas tradicionalmente con los sexos no se ven alteradas en sí con respecto a las otras formas de constitución familiar, es decir, la maternidad y la paternidad, permanecen inmutables en cuanto a sus diferencias y ocupaciones designadas. Tan sólo el matriarcado se instituye como tal en cuanto a las funciones socioculturales pero no fisiológicas. La familia es, por tanto, una construcción cultural de género. La familia monógama establecida unívoca es una ilusión de la cultura. Sin embargo, no es desdeñable, pues es un modelo tan viable como cualquier otro, reconocido como ideal por su formalidad vial, por su transferencia universal. La familia monógama requiere de la adaptación y la transformación para ejercer sus funciones como institución imprescindible en las culturas libres. El noviazgo es el período en que se mantienen relaciones amorosas con la finalidad de un conocimiento mutuo y cada vez más profundo, en expectativa de un futuro matrimonio. El noviazgo es disoluble por su propia naturaleza. Es exclusivo, e implica fidelidad y compromiso con la pareja. Debe tener cierto tiempo de duración, no muy largo y no muy corto, suficiente como para convivir antes de formalizar la relación o darla por terminada. Debe existir una voluntad de entrega mutua, un desprendimiento progresivo de uno mismo, para que libres de las exigencias de bienestar, comodidad y búsqueda de satisfacción personal, pueda darse poco a poco la búsqueda de la felicidad del otro. El noviazgo es transitorio, y no se debe eternizar. Su fin es el matrimonio. El hecho que un hombre y una mujer decidan contraer matrimonio constituye el punto de partida para la formación de una familia. Esta decisión es libre y nadie está obligado a elegir dicho estado de vida. La procreación humana es uno de los fines principales del matrimonio. Un hijo influye tanto en lo personal como en lo familiar, y requiere de espacio físico y emocional. La ideología sobre la paternidad y la decisión de tener hijos ha cambiado significativamente en los últimos años. Ya no va con la decisión de casarse, ni la decisión de tener sexo va forzosamente dentro del matrimonio. La planificación familiar juega un papel fundamental. Cada pareja debe ser responsable y saber cuántos hijos podrían entrar en su núcleo familiar. La adolescencia tiene dos vertientes: la física o pubertad, por la que el cuerpo infantil se transforma en adulto, y la psicosocial, por la que el adolescente encuentra sentido coherente del yo y de la identidad personal. Es una época de crisis y cambios tanto para los adolescentes como para los padres. Estos, a pesar de que se encuentran en su madurez, se ven obligados nuevamente a revivir su propia adolescencia, que sin embargo, no así como la infancia, no sirve de modelo a sus hijos. Para que unos padres puedan dar apoyo a sus hijos adolescentes es necesario que estos hayan resuelto su adolescencia lo mejor posible, para que al revivir su adolescencia no traten de sobreproteger a su hijo o lo traten en la frustración y el miedo. En el área de la intimidad, los padres pueden sentir rivalidad al ver que su propio hijo crece más fuerte que ellos, y con más oportunidades. Asimismo, el hijo puede sentirse menos valorado, al darse cuenta que no cumple con las expectativas de los padres. Aquí se descubre la sexualidad.

La vejez es la edad más difícil de la pareja, así como la adolescencia lo es del individuo. Los padres deben independizarse de los hijos, que en ocasiones sobreprotegen a sus padres coartándoles su libertad. Es conocida como la etapa del “nido vacío” y biológicamente se decrece en todos los sentidos. Se requiere de esta etapa apoyo mutuo ante la cercanía de la muerte. Como abuelos, se experimenta la unión global de las generaciones.

Algunos animales se organizan en manadas para proteger así a todos sus miembros. El hombre crea familias. La familia se constituye como institución sociocultural jurídica y biológica con especial relevancia de lo jurídico sobre lo biológico. La curatela es la protección familiar o representación legal que se da en nuestra sociedad a los ancianos o mayores de edad que son incapaces, entre otras, por demencia senil u otras afecciones. Esta es la misma forma jurídica por la que otros incapaces o dependientes se inscriben jurídicamente en la protección de la institución familiar. Estos enajenados o alienados actúan en la sociedad y la cultura para la exoneración de sus males y advertencia de los mismos a sus demás miembros gregarios. Los antiguos griegos llamaban ‘pharmakos’ a los esquizofrénicos y demás afectados o elegidos a la exoneración.

La maternidad, como realidad fisiológica exclusiva de la mujer, es una de las cuestiones jurídicas más discutidas por las feministas de género: los nuevos derechos y avances reproductivos y sexuales, dan y tienen por objeto, que la mujer controle por completo la fertilidad, con el acceso al aborto sin restricciones de ningún tipo, como algo imprescindible para que la mujer pueda ser «auténticamente libre». Más que de «derechos reproductivos» deberíamos hablar del «derecho a no reproducirse», que es lo que realmente se pretende. Es por esto que se buscan formas jurídicas para liberar a la mujer de la «tiranía» de su naturaleza biológica. O sea, la inclusión y regulación del aborto, los métodos anticonceptivos y los nuevos medios de concepción. Así se sustituyen términos como ‘maternidad’ o ‘procreación’ por ‘trabajo reproductivo’, que implica una necesidad social productiva de individuos fuera de la obligación o marginación biológica y cultural de la mujer como reproductora de la especie. No así es inconcebible la floración de un nuevo modo de infanticidio sumido a la negación de la femineidad. El trabajo reproductivo o producción de la especie en las nuevas sociedades no es patriarcal ni matriarcal, sino que se tiende a confinar sus funciones al Estado, las instituciones y sus educadores o formadores, quedando así la familia obsoleta en el sentido victoriano, entendida así por la influencia del cristianismo hasta nuestros días. Sin embargo, el compromiso social y la responsabilidad adquirida en el hecho de la maternidad o paternidad, tanto biológica como en sus acepciones asistidas o adoptivas, exige una disposición ética y moral de índole familiar. No así la tutela o curatela, que se ofrece a los desprotegidos, se administra no forzosamente por familiares, sino por allegados e instituciones sociales que quedan reglados y regulados por la administración judicial del Estado. La atención a discapacitados infantiles es aún deficiente en nuestro país, y en cuanto a sus prevenciones tutelares, de muy reciente implantación. Sin embargo, ésta se pretende contemplar con especial énfasis y eficiencia. No sin embargo, cada comunidad autónoma actúa según su propio criterio.

La moral tradicional se resiste en la cultura a la actual transformación revolucionaria de los valores de la institución familiar. Considerando la familia como un ‘núcleo de amor’ fundamental para una auténtica socialización de los individuos que la conforman, propone establecer mediante la concienciación el ambiente propicio para desarrollar al individuo emocional y afectivamente, en la salud de unos sentimientos humanos y naturales que dignifiquen al hombre no sólo ante Dios sino como especie. Aquí, los conflictos familiares así como sus protagonistas no han lugar, pues son defectos de la práctica efectiva de los preceptos morales contrayentes en el matrimonio. Meditar y concienciarse conjuntamente sobre los problemas familiares en función a los preceptos comunales contraídos es la vía de la reinserción y la revalorización de la familia.

En nuestros tiempos contemporáneos, la familia parece reformarse como institución social influida por la corriente transformadora del pensamiento. La familia romana, de carácter patrimonial, fue sustituida por la cristiana, de carácter patriarcal matrimonial. Ahora ésta entra en un desuso crítico en cuanto a los cambios sociales tanto económicos como estructurales. En la actualidad, todas las instituciones, la ciencia, el arte y la religión, parecen estar infestadas por una tendencia transformadora, hermenéutica. Esta nueva revisión afecta a todo el continente del Universo Humano, y aun cuando no propone estadios revolucionarios, propone nuevas concepciones que exigen una plena transformación del individuo, la sociedad, e inclusive la cultura humana.

CODA:

En la investigación sobre el campo se han registrado dos entrevistas pertinentes y algunas lecturas etnográficas las cuales sirven a la composición no más que de este esbozo personal cuyo estudio, como acertadamente apunta la directora del programa, sólo pudiera darse a partir del mismo por un “grupo de trabajo” organizado. Reducir el contenido temático del mismo respecto del matriarcado a exclusivamente la familia no exenta el interés que se desprende de éste y otros temas en relación. Asimismo las entrevistas que se han concertado, aunque con mucha precariedad, alumbran al menos una directriz sobre la que comprender la confrontación a la temática propuesta.

Tanto Antonio como Paulina se muestran reticentes en tanto que parece ser un tabú exponer los criterios personales extraídos del conjunto familiar y las conclusiones sobre las actitudes de sus miembros componentes. Parece como si existiera una especie de pacto de silencio por el cual se transmite la permisividad de la deficiencia. No así es de destacar que la sociedad actual es más propicia a la comparecencia libre de traumas y otras represiones sociales por lo que tanto Antonio como Paulina se expresan en cuanto a su experiencia no recular de influjo transferente. Se observa en las memorias generacionales antecesoras la composición simbólica del cortejo como un ritual homogéneo con limitación explícita sobre la transgresión de sus formas. Ambos se reafirman en el sentimiento unívoco de felicidad como resultado final de sus experiencias personales.

La influencia de sus familias en sus matrimonios y las de éstos sobre sus hijos se percibe cuasi indeterminada en cuanto a la capacidad del estudio realizado. No así Antonio expresa particularmente la indiferencia entre la capacidad de adaptación al sistema familiar y su vivencia más o menos adversa. Es asimismo que toma en consideración el desequilibrio o la crisis familiar como resultado de un consenso educativo que corresponde a la formación y concienciación social. Asimismo Paulina propone un ejercicio político por el que organizar y reorganizar la sociedad en su conjunto mediante una regulación legislativa e institucional actualizada. De este modo Antonio se adolece de un aspecto de influjo femenino en su simbolización cultural, la educación, mientras Paulina se decanta por un aspecto masculino, la política. Es a esto que ambos reivindican mayor atención sobre su propio opuesto.

Para concluir, exponer que la organización de la humanidad como cuerpo gregario se inicia en la historiografía con la expresión o respuesta del mito que responde y conforma su fusión primaria. La transferencia del patriarcado romano e imperial que se remonta por la expansión de una endoculturación fálica patriarcal, no como oposición sino por composición sobre la institución matriarcal, se rinde a la superación del infanticidio y demás expresiones pre-culturales originarias de las primeras congregaciones cultuales prehistóricas, de modo tal que reorganiza la transferencia volitiva del individuo sobre la cultura. Es la amazónica la organización tribal mítica primigenia que irrumpe ante el caos primitivo animal en su imposición fálica y brutal. Así la convivencia humana sobre su subsistencia individualista de los orígenes en el medio hostil se supone encuentra una respuesta mitográfica u oposición cultural frente a su animalidad que el mito responde con eficacia expresa a una conversión matriarcal necesaria a la existencia. El resurgimiento del patriarcado social encuentra así un orden básico sobre la organización social que histórico o mítico responde de algún modo a la constitución familiar y sus formas paradigmáticas.

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