EJEMPLOS EN FORMOL (RELATO)

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EJEMPLOS EN FORMOL (COMPLETO)
El Autor: Andrés Pablo Medina

 

 

            Heroíno volvía a los corrales con su hechura valerosa. Las palmas del respetable aplaudían la faena. José, El niño de los Faroles, orgulloso, era ovacionado con fervor por sus admiradores. La contienda había triunfado a los límites de su emplazamiento. No era usual ver triunfar a torero, y toro.
            Algunos días después de la corrida, José viajó a los pastos de la dehesa a visitar a su bravo indultado. El mayoral y el mismo ganadero, Don Marcial Campos, que había cosechado notable fama entre los empresarios en pocos días, dieron buena bienvenida y estancia al torero, que merecía las mejores de las atenciones y lujos disponibles.
            Ambos se palmeaban las espaldas. Se forjaba una amistad a golpe de paseíllos y banderillas.
            El bravo semental, a cuerpo de rey, se recuperaba en las vaquerizas de sus heridas antes de volver al campo libre para montar a sus preciosas vacas.
            Aquella noche, la luna relumbraba entre los alcornoques como un farol.
            José, fumaba un pitillo de esos de nueva cochura, con mucha pompa y mucho brío.
El aire sereno acompasaba una pequeña brisa que refrescaba la calurosa jornada.
            Don Marcial le invitó a pasar al salón. Era amplio. En sus estantes se ausentaban los libros. Por el contrario, tarros de formol contenían pijos humanos en perfecto estado de conservación. Cientos de pollas se ordenaban unas junto a otras frente a la mirada retuerta de El niño de los Faroles. Las pollas se conservaban carnosas y perfectamente visibles. Las costuras parecían estar repugnantemente bien cosidas. Pudo observar que todas eran distintas, y que nada las distinguía más que su propia indecorosa presencia.
            Aquella colección le trastornaba más aún que pensar la clase de demencia que afectaba a Don Marcial. Era inverosímil.
            Abrió uno de los tarros y tomó en su mano el pijo. Quizá cualquiera. Tan sólo quiso comprobar que no se trataba de ninguna broma.
            En efecto:
           ¿Qué significa todo esto, Don Marcial?
           ¿Se refiere usted a todos estos cojones? Son mis trofeos.
Don Marcial parecía un hombre noble. Esa extravagancia de los cojones era una consuetudinaria manía forjada por los años y la soledad. Era un magnífico ganadero sin familia ni mujer ni hijos. Se hacía comprensible que hubiera contraído, junto al éxito, alguna forma de demencia.
           Don Marcial, estos trofeos no son muy comunes…
           No, que no lo son. Son los cojones más ejemplares de cuantos ha habido.
José, estupefacto, guardó en el tarro cuidadosamente la polla que se traía entre manos, y la volvió a la estantería: “Es un surrealismo, digno de mención, por alguna pluma de estas que se preocupan por…”
           ¡Don Marcial, cojones, ¿de quién?!
           ¡Toreros! Muertos, todos muertos.
           ¿Y por qué no pone usted libros como hace todo el mundo?
           Los libros son para los poetas, mi querido amigo.
José estaba aturdido. Don Marcial seccionaba cojones de toreros afamados y los conservaba en tarros de formol para coleccionarlos como trofeos in memoriam de sus portadores difuntos. Don Marcial, pensó, había adquirido una demencia espeluznante, atroz. No quería ni pensar lo que iba a sucederle.
           Los poetas, mi querido amigo, nos dejan sus poesías. Pero los toreros, qué nos dejáis los toreros…
           Nuestros cojones.
José, El niño de los Faroles, se encendió un pitillo de esos de nueva cochura. Esta vez sin brío, y con mucho apuro.
           ¿Qué va a hacer usted conmigo? ¿Matarme?
           Yo le admiro, Don José. Usted es una figura…
Suspiró. Al fin y al cabo no era tan descabellado como se preasumía en un principio. Había quien teniendo dinero robaba en las tiendas o adquiría aún peores manías. Había oído incluso que una familia, en una ocasión, había disecado a su propio abuelo para perennizarlo en la butaca del salón. Cosas aún más despavoridas sucedían, cuando Don Marcial Campos, no tenía ánimo de hacerle mal a nadie. Tan sólo pretendía reunir los carajos de los toreros en gloria. Al fin y al cabo era una curiosa dedicación.
           Don Marcial, para mí será un placer formar parte de su colección, Dios mediante…
           El placer será mío, mi querido amigo.
A la mañana siguiente El niño de los Faroles partió para Madrid. Corrida en las Ventas. Empiezan los muletazos. José, aquella tarde, quería triunfar. Estuvo valiente, arriesgado: un pase de pecho, un muletazo, dos cojones, y un fatal golpe de mala fortuna que le engancha de un pitón y rueda por los aires. Luego, una embestida, y otra. Y otra. Su cuadrilla, al quite, se lo lleva a la enfermería. No da tiempo a llegar. Murió José El niño de los Faroles. La plaza enlutada. Su viuda destrozada con un pequeño por criar. Y Don Marcial, dolido por la pérdida de su reciente amigo, acojonado por la premura de los hechos, se consolaba, al menos, con los cojones en formol que iban a perdurar como reliquias para el consuelo y admiración de las generaciones venideras.
            Ahí estaban ya los cojones de José. Impertérritos. Sin embargo, Don Marcial se sentía incomodado, una cierta inquietud recorría su pecho. Heroíno fornicaba como todo un semental. Libre y orgulloso, entre sus vacas y en su dehesa. Su suerte había tomado derroteros bien distintos. A nadie causaba su gloria deseo de los cojones o las orejas de ese demonio de bicho. A qué el recuerdo de un mastodonte si nos va a dejar su descendencia más preciada, a que continúe la fiesta, a que se perpetúe la raza con la suerte y con su sangre. Que no decaiga nunca entre las generaciones el espíritu de la nación, que va más allá de los tiempos y las modas. “Si los poetas – pensaba Don Marcial, que no estaba muy católico – dejan en su nombre sus escritos y poesías como reliquias de lo que en su día forjaron como palabras vivas, así se las apañen, porque desde hoy los toreros, se igualan a la muerte, y van a poner sus cojones a la luz del día, como muestra luciente de cuanto fueron”.
            Don Marcial telefoneó al Doctor:
          Doctor Pirandello, le ruego me telefonee. Ha fallecido un amigo mío, torero, y no estoy dispuesto a mantener ni un sólo minuto más mis intimidades ocultas. No es mi homosexualidad, como usted me dice, la que me impulsa a realizar esta faena. Los cojones de mis figuras son para mí reliquias que evocan a quienes los portaron en vida. No voy a desistir. No es un trauma, como usted dice. El toreo, Doctor Pirandello, es un arte. Y el torero, su artista. Cierto es que nunca serví para torear, pero siempre tuve admiración por el animal y su fiesta. Y sí es verdad que mi padre me quería torero. Y que me educó para serlo. No obstante, Doctor, mi padre comprendió que en el toreo hay de todo, como también estaba él. Y a mí ahora se me van los huevos por alabar a esa gente que lo da todo, que lo ha dado todo en el ruedo. No como mi padre, que lo dió todo por mí. No sé si me comprende…
Don Marcial, una vez que grabó su mensaje en el contestador, colgó el teléfono y salió a fumar al aire libre. Entonces, sonó el teléfono.
          Soy Dominga, la mujer de José. ¿Es usted Don Marcial?
          Sí, efectivamente.
          Tengo una carta de mi difunto para usted. Es personal y urgente. Testamentada especialmente para usted. ¿Puedo ir a verle?
          Cuando guste…
Don Marcial, emocionado, intrigado por el mensaje póstumo de su amigo, esperaba con ansiedad la visita de su viuda. Al día siguiente, al amanecer, a primeras horas del alba, apareció ella, Dominga. Trajo consigo una carta que entrego con comedida diligencia. Don Marcial la atendió. Estaba deshecha. Se le ofreció a ayudarla en cuanto necesitara, y le extendió un cheque que ella rehusó varias veces antes de aceptarlo. Le quedó muy agradecida, y marchó con su pena como marcha una tormenta. Don Marcial no se atrevía a abrir la carta. Sabía que su contenido le iba a determinar su visión sobre la tauromaquia y sobre el destino de su colección. Abrió la carta. Ni una letra. Ni una sola palabra. Tan sólo una cruz simple y llana. A sus lados, signos de interrogación. Don Marcial sorprendido, comprendió el jeroglífico: «la muerte no debe quedar sin sentido.»
Sonó el teléfono. Era el Doctor Pirandello.
          Don Marcial,… soy el Doctor Pirandello. Requiero entrevistarme con usted urgentemente. Llame a mi secretaria para obtener cita. Ante cualquier incidente, telefoneeme. Le atenderé personalmente.
«¡Adelante, Don Marcial! ¡No es la muerte la fiesta!»
            Don Marcial, armado de valor, más allá de lo cuestionable por la ciencia, dispuesto a todas luces a mostrar al mundo su íntima y secreta afición por las pollas de toreros, única manifestación de lo que en su día fueren, así que quedaran en las memorias y como ejemplos de sus dichas, tomó las llaves del salón y llamó a su mayoral:
           ¡Santo Dios, qué faena!
El mayoral, muy bruto, comprendió:
           ¡Si se arrancan las orejas del toro, por qué no los huevos del torero, ¿no es así, Don Marcial?!
           Así es, Tomás. Así es.
           Y qué hacemos ahora con tanta pijotada…
Don Marcial contempló los cojones de El niño de los Faroles con aprecio y admiración en una última íntima visión antes de avisar a la prensa y los colocó en su estantería. Pronto se haría público, y no faltarían las críticas. Algunos pensarían en él como un renovador de las tradiciones del toreo. Otros, que la fiesta se insultaba con gestos estrafalarios como el suyo. No a decir que a hacer historia, ya se había hecho bastante.
          ¿Qué pensaría su señor Padre, don Marcial?
          Que sea lo que Dios quiera…
 
F I N

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