LA GALLINA DE TRAPO (RELATO)

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LA GALLINA DE TRAPO (EXTRACTO)

El Autor: Andrés Pablo Medina

 

En el gallinero de Ronsard todas las gallinas eran infelices. El hecho de reconocerse como una gallina era terrible al ánimo de una existencia obligada a la clueca ponencia de la facturación de huevos, y no más que huevos. No así, el gallinero de Ronsard, se conocía como el mejor de cuantos ponederos de la comarca ofrecieran ricos manjares frondosos de sus ovíparos productos solícitos en todos los negocios preciados tanto cercanos como extranjeros del ramo alimenticio de las recovas.

Las gallinas de aquel lugar, víctimas del desánimo, se trataban unas a otras con un viso de desdén y otro de burlería, que derivaba en la chanza y la trifulca, así como en la vanagloria y el orgullo de la comparecencia de las puestas enjuiciadas unas por otras, a cada cual más infeliz cuanto más clueca. La gallina Lina no tenía lo que se llama una cresta. Esto para una gallina de Ronsard es una desgracia. En realidad lo es para cualquier gallina de cualquier lugar que se precie como gallina. Lina soportaba con estoicismo las afrentas que sus congéneres compañeras vituperaban en cacareos insultantes a los que ella respondía con enfática prudencia. No así, Lina, morena, portaba una elegante cola que removía con graciosa maña entre una y otra displicencia. Así que la estampa se mostraba a los ojos del gallo del gallinero como un divertimento tan jocoso como plausible. Cierto es que en Ronsard, las gallinas no toman a sus colas por importancias manifiestas, puesto que, y es una particularidad, el desencanto común y general que se sufre en las vidas cotidianas por estas gallinas, les impulsa a denostar sus colas por un principio de desprecio incontenible. Es así, que saben los granjeros de todos los lugares, que las gallinas bosquimanas aprecian sus colas más aún que sus crestas.

Transcurrían los días y las semanas, los meses y los años, las temporadas, y las gallinas y pollos producían sus huevos y deparaban en filetes, y así, Lina la gallina, envejecía como una reliquia esperpéntica del lugar […] 

 
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